Santa Misa con el P. José Arturo López Cornejo, desde el estado de Guerrero, México
Lectura del libro del Apocalipsis de Apóstol San Juan 20, 1-4. 11-21, 2
Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena en la mano. El ángel sujetó al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo o Satanás, y lo encadenó durante mil años. Lo arrojó al abismo, lo encerró y puso un sello, para que ya no pudiera engañar a los pueblos hasta que pasaran mil años. Después de esto, es necesario que lo suelten un poco de tiempo.
Vi también unos tronos, donde se sentaron los encargados de juzgar. Vi, además, vivos a los que habían sido sacrificados por dar testimonio de Jesús y proclamar la palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la bestia ni a su estatua, y no se dejaron poner su marca en la frente ni en la mano. Estos revivieron y reinaron con Cristo durante mil años.
Vi después un trono brillante y magnífico, y al que estaba sentado en él. El cielo y la tierra desaparecieron de su presencia sin dejar rastro. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos unos libros y también el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados conforme a sus obras, que estaban escritas en esos libros.
El mar devolvió sus muertos; la muerte y el abismo devolvieron los muertos que guardaban en su seno. Cada uno fue juzgado según sus obras. La muerte y el abismo fueron arrojados al lago de fuego; este lago es la muerte definitiva. Y a todo el que no estaba escrito en el libro de la vida lo arrojaron al lago de fuego.
Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía.
También vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia que va a desposarse con su prometido.
Palabra de Dios
Reflexión de la Primera Lectura
Los dos últimos capítulos del Apocalipsis son de alguna manera el resumen y la síntesis de toda la historia de la lucha de Satanás y de sus aliados por destruir la obra de Dios; pues de esto el apóstol ha hablado a lo largo de todo el libro, y proclama con certeza la esperanza del cristiano, en la cual sustenta su fe: la resurrección final en donde todas las cosas serán nuevas, en donde ni la muerte ni el dolor reinarán más en la humanidad, resurrección que lo unirá definitiva y eternamente con Dios.
Contra todas las apariencias que se presentan en nuestro mundo, en donde parece que es el mal el que reina, que la paz y la justicia son utopías cristianas, donde no parece posible la Vida en Abundancia proclamada por Jesús, san Juan anuncia proféticamente el triunfo de Dios y de sus elegidos. Dios no defrauda, las promesas hechas por Jesús son realidad en la vida de aquellos que saben permanecer fieles, de aquellos que han decidido con todo su corazón abrazar la vida evangélica, de aquellos que, aun a pesar de sus propias vidas, han sido capaces de mostrar un estilo de vida marcado por el amor y la justicia.
Así, al terminar nuestro ciclo litúrgico, reavivamos nuestra esperanza y retomamos fuerzas para reiniciar nuestro camino, el cual terminará un día en los brazos del Padre, inundado del gozo del Espíritu Santo, en el Reino de Cristo y en compañía de María Santísima y de todos los que como ella han sabido decir hasta el final de sus días: «Hágase en mí según tu palabra». Amén.
Salmo 83
R/. He aquí la morada de Dios entre los hombres.
V/. Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo. R/.
V/. Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío. R/.
V/. Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichoso el que encuentra en ti su fuerza.
Caminan de baluarte en baluarte. R/.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 29-33.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola:
«Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano.
Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.
En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Palabra del Señor
Reflexión del Evangelio
Al terminar nuestro ciclo litúrgico, la Iglesia nos trae a la memoria la palabra de Jesús: «El tiempo pasará pero mis palabras no pasarán». Han pasado casi dos mil años desde que Jesús anunció esto a sus discípulos y podemos ver cuán estable es la Palabra de Dios, pues todavía sigue siendo la luz de los corazones que se dejan iluminar por ella.
El Reino está realmente cerca, pero esta cercanía no se refiere únicamente a la cuestión cronológica, sino a la vecindad que hay entre éste y nosotros. Basta dejarse llenar de esta luz de Dios, luz que viene de la Revelación, para que se abra ante nosotros el panorama del Reino.
Dios está con nosotros y nos acompañará hasta el final de los siglos. Estemos atentos a las manifestaciones de Dios en nuestra vida y dejemos que esta Palabra que no pasa, sea siempre nuestra fuente de sabiduría y manjar del corazón.
Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón, como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro.
Bendiciones para ti y toda tu familia.
Que tengas un excelente día con Jesús, José y María.

