Santa Misa y Liturgia de la Palabra de hoy Martes de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario 05082025

Santa Misa presidida por el Presbítero José Arturo López Cornejo, desde el Pueblo de La Mojonera, estado de Guerrero, México.

 

 

Liturgia de la Palabra del Martes de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario

 

Con el Pbro. Ernesto María Caro. Compartido por el P. Roberto Rodríguez, Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»

 

Lectura del libro de los Números 12, 1-13.

 

En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés, a causa la mujer cusita que había tomado por esposa.
Dijeron: «¿Ha hablado el Señor sólo a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?»
El Señor lo oyó. Moisés era el hombre más sufrido del mundo.
El Señor habló de repente a Moisés, Aarón y María: «Salid los tres hacia la tienda del encuentro.»
Y los tres salieron. El Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la tienda, y llamó a Aarón y María.
Ellos se adelantaron, y el Señor dijo: «Escuchad mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; en presencia y no adivinando, contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?»
La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó. Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida, como nieve. Aarón se volvió y la vio con toda la piel descolorida.
Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón, señor; no nos exijas cuentas del pecado que hemos cometido insensatamente. No la dejes a María como un aborto que sale del vientre, con la mitad de la carne comida.»
Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala.»

Palabra de Dios.

Te alabamos Señor.

 

Reflexión de la Primera Lectura

 

Uno de los pecados más graves que existen es la murmuración, pues ésta es causa de muchas desventuras. Cuando hablamos mal de las personas, esto en general, no ayuda a la persona, pues ésta será la última en saberlo mientras que en su alrededor se va creando la «difamación». La difamación esta unida a la murmuración y requiere reparación para que sea perdonada en el sacramento de la reconciliación, pues la gente tiene derecho a su fama, no importa cuál sea la realidad que uno conozca de ella.

Difamar no es decir cosas falsas de la persona, sino decir cosas verdaderas que ponen en mal a la persona. Moisés había tomado una mujer que no era del pueblo lo cual era algo verdadero; sin embargo, el Señor había pedido que no emparentaran con los pueblos vecinos. Esto lo debían de haber visto con Moisés directamente y no entre los hermanos. Todos somos seres falibles, débiles que comentemos un sinnúmero de errores. Sin embargo, estos no tienen por qué ser publicados. Esos errores debe ser tratados por el confesor.

Ahora bien, si realmente queremos ayudar al hermano, si de veras lo amamos, debemos de tener valor para corregirlo, para decirle en qué falta ha incurrido y de esta manera ayudarle a salir de esta falta o de este error. Comentarlo con otra persona en nada beneficia al hermano, al contrario, la desprestigia creando a su alrededor mala fama, por un error que puede ser corregido cuando se le hace saber. No demos rienda suelta a nuestra lengua. Atémosla al amor y a la razón.

 

Salmo 50, 3-6. 12-13.

 

R/. Misericordia, Señor: hemos pecado

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente. R/.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 22-36.

 

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: «¡Es un fantasma!» Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo en seguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».

Entonces le dijo Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó: «Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!» Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron quedaron curados.

Palabra de El Señor.

Gloria y Honor a Ti, Señor Jesús.

 

Reflexión del Evangelio

 

No me queda duda que las ocasiones más difíciles de mi vida son aquellas en las que dejé de mirar a Jesús, dejé de darle importancia a la oración y a mi vida espiritual. No importa lo intensa que pueda llegar a ser la tormenta, el viento y el tamaño de las olas en nuestra vida: los problemas económicos, la enfermedad, la incertidumbre. Jesús quiere que sepamos que Él siempre está dispuesto a darnos la mano para salvarnos.

Lo importante es no dejar nunca de caminar hacia Él, no quitarle la vista, ni cambiar de dirección. La oración, su Palabra y alimentarnos de la Eucaristía, son elementos que nos ayudan a permanecer en Él, yendo en la correcta dirección, aún y cuando la tempestad nos impida ver el camino.

Cuando Pedro lo vio, le dijo: «mándame ir a ti caminando sobre el agua». Y Jesús le dijo: ¡Ven! Jesús quiere que nos atrevamos a salir de la barca; nos invita a hacerlo porque sabe que en muchas ocasiones preferimos quedarnos ahí, porque estamos en una zona de confort; y es ahí donde corremos el riesgo de que nos lleve la corriente, incluso que nos ahogue la tempestad.

Fíjate cómo sólo Pedro tomó el riesgo de ir hacia Jesús. Los demás discípulos, aunque también tuvieron miedo, no hicieron nada para salvarse. Se quedaron ahí mirando solamente la escena. ¡Atrévete tú también a salir de la barca! ¡Mójate los pies, camina sobre las aguas y dirígete a Jesús!, sin olvidar lo que necesitas para no cambiar de dirección.

Y cuando las cosas se pongan difíciles, tengas miedo y sientas que te vas a hundir, ¡pídele ayuda!, dile como Pedro: ¡Sálvame, Señor! Recuerda que Jesús está presente, aún en medio de tus más grandes tempestades.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por: Juan Lara miembro de Vivir en Cristo

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón, como María, todo por Jesús y para Jesús.

Bendiciones para ti y toda tu familia.
Que tengas un excelente día con Jesús, José y María.

 

 

Conozcamos al santo de hoy, San Abel de Lobbes, con el P. Ángel Umaña desde Venezuela.

 

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