Santa Misa presidida por el Presbítero José Arturo López Cornejo, desde el Pueblo de Pochauixco, estado de Guerrero, México.
Liturgia de la Palabra del Martes de la XXIV Semana del Tiempo Ordinario.
Con el Pbro. Ernesto María Caro. Compartido por el P. Roberto Rodríguez, Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 3, 1-13.
Es cierto que aspirar al cargo de obispo es aspirar a una excelente función. Por lo mismo, es preciso que el obispo sea irreprochable, que no se haya casado más que una vez; que sea sensato, prudente, bien educado, digno, hospitalario, hábil para enseñar; no dado al vino ni a la violencia, sino comprensivo, enemigo de pleitos y no ávido de dinero; que sepa gobernar bien su propia casa y educar dignamente a sus hijos. Porque, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios quien no sabe gobernar su propia casa? No debe ser recién convertido, no sea que se llene de soberbia y sea por eso condenado como el demonio. Es necesario que los no creyentes tengan buena opinión de él, para que no caiga en el descrédito ni en las redes del demonio. Los diáconos deben, asimismo, ser respetables y sin doblez, no dados al vino ni a negocios sucios; deben conservar la fe revelada con una conciencia limpia. Que se les ponga a prueba primero y luego, si no hay nada que reprocharles, que ejerzan su oficio de diáconos. Las mujeres deben ser igualmente respetables, no chismosas, juiciosas y fieles en todo. Los diáconos, que sean casados una sola vez y sepan gobernar bien a sus hijos y su propia casa. Los que ejercen bien el diaconado alcanzarán un puesto honroso y gran autoridad para hablar de la fe que tenemos en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.
Reflexión de la Primera Lectura
En este pasaje san Pablo nos presenta las cualidades que deben de tener aquellos que aspiran a tener una responsabilidad importante en el gobierno de la Iglesia. Notamos que nos habla de las dos primeras instancias que fueron el Episcopado y el Diaconado. La Iglesia, siguiendo la palabra de Dios, ha buscado a lo largo de los siglos que quienes aspiran a estos ministerios de servicio se configuren a este perfil. Seguramente nos preguntamos, ¿por qué san Pablo habla de personas casadas mientras que en nuestras comunidades, tanto el diácono como el sacerdote son célibes? Esto obedece a una situación particular de la Iglesia Latina, la cual ha considerado que este estado de vida es necesario para la extensión del Reino, pues le da plena libertad a los consagrados. Sin embargo, la Iglesia Católica Oriental continúa ordenando sacerdotes y diáconos casados, los cuales deberán cumplir también con lo que hoy propone san Pablo como el modelo de los servidores de la Iglesia.
Salmo 100
R/. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia
Voy a cantar la bondad y la justicia;
para ti, Señor, tocaré mi música.
Voy a explicar el camino perfecto.
¿Cuándo vendrás a mí? R/.
Quiero proceder en mi casa con recta conciencia.
No quiero ocuparme de asuntos indignos,
aborrezco las acciones criminales. R/.
Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
al altanero y al ambicioso
no los soportaré. R/.
Escojo a gente de fiar
para que vivan conmigo;
el que sigue un camino perfecto
será mi servidor. R/.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7, 11-17.
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.
Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: «Joven, yo te lo mando: Levántate». Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Palabra de El Señor.
Gloria y Honor a Ti, Señor Jesús.
Reflexión del Evangelio
El Evangelio de hoy nos ayuda a recordar que, para el que cree en Jesús, la muerte es parte de la vida. Una de las promesas de Jesús es estar con nosotros todos los días de nuestra vida. Y aunque en muchas ocasiones no lo tenemos tan presente, podemos estar seguros de que el día en que debamos enfrentar el momento de la muerte propia o de un ser querido, Él se manifestará dándonos la gracia necesaria para sentirlo, porque Él nunca nos abandona.
No es casualidad que Jesús haya estado allí justamente en el momento del cortejo fúnebre para consolar a la mujer en Naím. Jesús se acercó, la acompañó, se compadeció de ella, la abrazó, la consoló y conociendo su condición, le hizo el milagro de resucitar a su único hijo, del cual seguramente dependía para vivir.
Nuestro Dios es un Dios de amor que se compadece, es cercano y sensible a nuestro sufrimiento y conoce nuestras necesidades. Debemos recordar que la muerte es un paso hacia la vida eterna. No es un castigo o el fin de nuestra vida.
Cada uno de nosotros tenemos una misión y un tiempo determinado en este mundo. Vivimos con la esperanza de la vida eterna, pero en nuestra humanidad, tenemos miedo a la muerte. Pensamos que el día que el Señor nos llame, vamos a dejar a nuestra familia desamparada. Se nos olvida que la promesa de Jesús es para todos, es decir, Él también estará con ellos todos los días de su vida y se encargará de que nada les haga falta. La muerte no es el final.
Jesús nos llama también a ser consoladores de los que sufren por la pérdida, a ser instrumentos de la compasión de Dios, a acompañar a quienes están pasando por el duelo; apoyarlos con nuestra oración y palabras de aliento con un abrazo fraterno. Nuestro acto de compasión es la forma en la que Jesús se acerca con ellos.
Y no solo eso, en la medida de lo posible, ofrecer también nuestra ayuda económica y material cuando sea necesario, porque Dios nos ha puesto también para eso. Confía en que su poder venció a la muerte. No tengamos miedo al sufrimiento y a la muerte. Pidamos a Dios que nos ayude a verla como un paso, como un proceso en el que Él nos acompaña, nos consuela, nos abraza, nos anima y que Él seguirá viendo por los que más lo necesitan. Él tiene el poder para transformar la tristeza del momento en alegría, con la esperanza de saber que, con la ayuda de la gracia, nada nos faltará. Tú también glorifica a Dios porque ha visitado a su pueblo.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por: Juan Lara, miembro de Vivir en Cristo. En colaboración con Evangelización Activa.
Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón, como María, todo por Jesús y para Jesús.
Bendiciones para ti y toda tu familia.
Que tengas un excelente día con Jesús, José y María.

Conozcamos a los santos de hoy, San Cornelio y San Cipriano, con el P. José de Jesús Aguilar Valdés desde México.
