Imagen sobre la visión del infierno que la Santísima Virgen María mostró a los tres pastorcitos en Fátima, según descripción de Santa Lucía. ACI Prensa
La misión de la Iglesia Católica, instituida por Nuestro Señor Jesucristo, es la de proclamar la Verdad íntegra del Evangelio para la salvación de las almas. Sin embargo, en nuestros días, muchos fieles se lamentan de que parte del clero omite predicar con claridad la justicia divina, la existencia del infierno y la gravedad del pecado mortal.
Esta omisión no es un detalle menor: es una negligencia espiritual que pone en peligro la salvación de miles de almas, pues el Evangelio no se puede mutilar, ni reducir solo al amor y a la misericordia, sin hablar también de la justicia y de las consecuencias eternas de nuestras decisiones.
Vídeo: La realidad del infierno, un tema del que ya no se habla, con el P. Javier Olivera Ravasi.
Un Evangelio predicado a medias
La predicación moderna en muchos templos insiste con razón en la misericordia de Dios. Pero en demasiados casos, esta enseñanza se presenta de forma incompleta, llegando a dar la falsa impresión de que “no importa lo que hagamos”, porque Dios siempre perdona.
Sin embargo, Jesucristo, el mismo que perdonó a la mujer adúltera, también le dijo: “Vete, y no peques más” (Jn 8,11). No hay misericordia sin conversión, ni perdón sin arrepentimiento.
El Catecismo de la Iglesia Católica lo enseña con claridad:
- “Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separado de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Y este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados se designa con la palabra infierno” (CIC 1033).
- “El juicio de cada hombre inmediatamente después de la muerte será particular, y según sus obras, recibirá su retribución eterna” (CIC 1021-1022).
El silencio sobre el Infierno
Muchos sacerdotes evitan hablar del infierno por temor a incomodar a sus fieles. Pero ¿Qué es más grave? ¿Incomodar unos minutos en la homilía o permitir que un alma se pierda por falta de advertencia?
Jesús mismo habló más del infierno que del cielo:
- “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena” (Mt 10,28).
- “El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su Reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen el mal, y los arrojarán en el horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13,41-42).
- “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,41).
Callar estas verdades no es misericordia, es complicidad con el pecado.
Vídeo: Déjalo todo o te puedes condenar, con el P. Carlos Spahn, sacerdote exorcista.
La justicia de Dios
La Escritura enseña que Dios es misericordioso, pero también justo:
- “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra” (Gal 6,7).
- “Dios dará a cada uno según sus obras: vida eterna a los que perseverando en las buenas obras buscan gloria, honor e inmortalidad; en cambio, ira y enojo a los que son rebeldes” (Rom 2,6-8).
El cristiano debe vivir en el temor de Dios, no como miedo servil, sino como reverencia y conciencia de que un día dará cuentas de su vida.
Profetas silenciados en la era digital
En un tiempo donde muchos templos callan estas verdades, algunos sacerdotes se han atrevido a predicar con valentía en los medios de comunicación y redes sociales. Entre ellos recordamos al padre Jorge Loring SJ (+), autor de “Para salvarte”, al padre Gabriele Amorth (+), exorcista de Roma, al padre Javier Olivera Ravasi, al padre Carlos Spahn, el desaparecido padre Carlos Cancelado y otros.
Sin embargo, muchos han sido censurados o perseguidos precisamente por decir lo que enseña el Evangelio y el Catecismo. Paradójicamente, el mundo permite toda clase de discursos inmorales, pero calla a quienes predican la verdad de Cristo.
Un llamado a los pastores
San Pablo lo advirtió con claridad:
“Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, que prediques la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros que les hablen según sus pasiones” (2 Tim 4,1-3).
Ese tiempo es hoy. Y el silencio de muchos sacerdotes, por comodidad, miedo o indiferencia, cumple esta profecía.
El verdadero pastor no teme anunciar la verdad, incluso si no es popular. San Agustín lo decía con fuerza en su Sermón 46 sobre los pastores: “Callar la verdad por miedo a perder la amistad humana es traicionar la verdad divina”.
Por tanto:
El amor y la misericordia de Dios son infinitos, pero también lo es su justicia. El deber de los sacerdotes es anunciar el Evangelio completo, sin mutilarlo, sin endulzarlo, sin reducirlo a un mensaje superficial de “todo está bien”.
Porque no todo está bien: el pecado mata, el infierno existe, y el alma que muere en pecado mortal se pierde para siempre.
La misión de la Iglesia no es agradar al mundo, sino salvar almas para la eternidad.
Las armas espirituales que nos compartió el padre Gabriele Amorth (+)
El célebre exorcista de Roma, padre Gabriele Amorth, advertía que el mayor engaño del demonio es hacer creer que no existe. Y frente a este enemigo espiritual, nos recordó que la Iglesia tiene armas poderosas que muchos católicos ignoran o descuidan:
- La oración constante – “Quien reza se salva, quien no reza se condena”, repetía. El Santo Rosario en particular es un arma contra el maligno.
- La confesión frecuente – El demonio huye de un alma en gracia. Amorth señalaba que una buena confesión destruye su influencia más que un exorcismo.
- La Santa Eucaristía – La comunión recibida en estado de gracia fortalece al alma contra el pecado.
- La Palabra de Dios – Conocer y meditar la Biblia nos libra de la ignorancia espiritual.
- La devoción a la Santísima Virgen María – Como exorcista, afirmaba que Satanás teme a María más que a ningún santo. Su Rosario es un “arma de poder” en la batalla espiritual.
El llamado del padre Jorge Loring (+)
El jesuita español, autor del libro Para Salvarte, recordaba que no podemos vivir en la tibieza, confiando solo en la misericordia sin arrepentimiento. Sus principales consejos eran:
- Vivir en gracia de Dios – evitar el pecado mortal y, si se cae, recurrir de inmediato a la confesión.
- Formación de la conciencia – conocer el Catecismo, los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia para no dejarse engañar por el relativismo.
- Obras de caridad y penitencia – la fe sin obras está muerta (Sant 2,26).
- Ser coherentes en la vida diaria – vivir como verdaderos cristianos en la familia, en el trabajo y en la sociedad.
- No callar la verdad – predicarla con caridad pero sin miedo.
Loring advertía que el infierno no es un mito, sino una realidad de la que Cristo habló insistentemente.
Vídeo: El Cielo y el infierno, con el P. Jorge Loring (+).
La visión del Infierno en Fátima
El 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen María mostró a los pastorcitos de Fátima una visión estremecedora del infierno:
“Vimos como un mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego estaban los demonios y las almas, como si fueran brasas transparentes y negras, en forma humana, que flotaban en el incendio, levantadas por las llamas que salían de ellas mismas junto con nubes de humo, cayendo hacia todos lados, como chispas en los grandes incendios, sin equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de terror.”
Mamita María, después de mostrarles el infierno, dijo a los niños:
- “Habéis visto el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.”
Esta revelación confirma lo que el Evangelio enseña y lo que tantos sacerdotes callan: el infierno existe, y las almas que mueren en pecado mortal van allí.
Herramientas para el camino
La predicación que omite el pecado, el infierno y la justicia de Dios mutila el Evangelio. Pero Dios no nos deja indefensos:
- La confesión frecuente, la oración diaria, el Rosario, la Eucaristía, la formación en la fe y la devoción al Inmaculado Corazón de María son las herramientas seguras para alcanzar la salvación.
El mensaje de Fátima, el testimonio del padre Amorth y el magisterio claro del padre Loring coinciden en lo esencial: la salvación es posible, pero exige conversión, arrepentimiento y fidelidad a Cristo.
La fuerza de la Adoración Eucarística: luz que ahuyenta a los demonios
En la batalla espiritual de estos tiempos, hay un tesoro silencioso en la Iglesia que muchos fieles desconocen o descuidan: la Adoración Eucarística. Ante el Santísimo Sacramento, los católicos nos arrodillamos en fe, adorando a Jesucristo realmente presente, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, oculto bajo las especies de pan y vino.
Un poder que el demonio odia
El padre Gabriele Amorth (+) repetía que los demonios odian la Adoración Eucarística más que cualquier otra devoción, porque allí se encuentra Cristo mismo, el Hijo de Dios vivo. Ante el Santísimo, el diablo es impotente, pues está en presencia de Aquel que lo venció en la Cruz.
El exorcista afirmaba que cuando un alma se habitúa a estar en adoración, su vida cambia radicalmente: se fortalece contra las tentaciones, recibe luz en sus decisiones y una paz interior que ningún poder humano puede dar.
Vídeo: Lo que dice el demonio en los exorcismos, del padre Gabrielle Amorth (+). Reflexión con el P. Ángel Espinosa de los Monteros.
Protección para los fieles y para la Iglesia
La Adoración Eucarística es un escudo espiritual. El mismo Jesús lo prometió:
- “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
- “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).
Frente a las persecuciones, las divisiones en la Iglesia y la confusión doctrinal, la adoración nos arraiga en la Verdad y la Presencia Real de Cristo. Muchos santos lo testifican: una hora de adoración basta para salvar almas, reparar pecados y fortalecer la fe del mundo.
Efectos en el alma que adora
- Purificación interior: el alma se reconoce pequeña ante la majestad de Dios y se abre a su gracia.
- Protección contra el mal: los demonios no soportan que una persona se postre con fe ante la Santa Eucaristía.
- Intercesión por los demás: cada minuto de adoración es una súplica silenciosa que sostiene a la Iglesia entera.
- Conversión del corazón: en el silencio, Cristo transforma a los fieles, de tibios a ardientes en la fe.
El padre Jorge Loring SJ (+) exhortaba a los católicos a no quedarse en una fe superficial, sino a buscar momentos de intimidad con Jesús Eucaristía. La adoración es, en sus palabras, “un anticipo del cielo en la tierra”.
La Santísima Virgen María y la Santa Eucaristía
En Fátima, la Santísima Virgen María pidió oración y penitencia. En una de las visiones, el Ángel de la Paz entregó la comunión a los pastorcitos diciendo: “Consolad a vuestro Dios”. La adoración eucarística es, precisamente, un acto de reparación a Jesús, muy amado pero tan olvidado en los sagrarios del mundo.
El arma silenciosa contra el mal
En un mundo donde se niega el pecado, se relativiza la verdad y se desprecia la fe, la Adoración Eucarística se convierte en una fortaleza espiritual inexpugnable.
Los demonios la odian porque saben que cada hora ante Jesús Sacramentado debilita sus planes y arrebata almas de sus garras. Los fieles que adoran se convierten en centinelas espirituales, guardianes de la fe y protectores de la Iglesia.
Si los sacerdotes alentaran con fuerza la práctica de la adoración en cada parroquia, habría menos tibieza, menos confusión y más santidad en el pueblo de Dios.
Cristo está vivo, esperando en cada sagrario. La pregunta es: ¿iremos a adorarlo, o seguiremos indiferentes?
La necesidad de recordar las postrimerías del hombre
En la Tradición Católica, los santos y el Catecismo nos exhortan a meditar con frecuencia en las postrimerías del hombre: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Estas cuatro realidades últimas no son metáforas, sino verdades que afectan a toda alma humana.
1. La Muerte
Es el paso inevitable que nadie puede evitar. La Escritura lo recuerda:
- “Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Heb 9,27).
La muerte nos llama a vivir en gracia de Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora (Mt 25,13).
2. El Juicio
Tras la muerte, todo hombre comparecerá ante Dios:
- “Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en la vida, sea bueno o sea malo” (2 Cor 5,10).
Habrá un juicio particular al morir, y un juicio universal al final de los tiempos.
3. El Infierno
Quienes mueren en pecado mortal, sin arrepentimiento, se condenan eternamente.
- “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mt 25,41).
Recordar el infierno no es terror inútil, sino advertencia amorosa para no perder el bien más grande: la comunión eterna con Dios.
4. La Gloria
La esperanza suprema del cristiano es la visión beatífica: vivir para siempre con Dios en el cielo, junto a la Virgen y los santos.
- “Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43).
¿Por qué debemos recordarlas constantemente?
- Porque nos ayudan a vivir en gracia de Dios. La meditación de las postrimerías despierta la conciencia adormecida.
- Porque ponen en perspectiva nuestras acciones. Nada de este mundo es eterno; lo único eterno es la salvación o la condenación.
- Porque alimentan la virtud. Quien recuerda que dará cuentas de sus actos, es más prudente, más justo y más humilde.
- Porque fortalecen la esperanza. El cielo no es un mito, sino la recompensa prometida a los que perseveran.
La enseñanza de los santos
- San Alfonso María de Ligorio aconsejaba meditar diariamente en las postrimerías, pues decía: “El que medita en las postrimerías, difícilmente se condena”.
- Santa Teresa de Ávila repetía: “El recuerdo de la muerte es el mejor remedio contra la tibieza”.
- El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1020-1060) enseña claramente que las postrimerías son realidades definitivas e irrevocables.
Entonces:
Olvidar las postrimerías conduce al descuido y a la tibieza; recordarlas constantemente nos preserva en la fe, nos llama a la conversión y nos prepara para la eternidad.
Un sacerdote que predica las postrimerías cumple su misión de pastor: guía a sus ovejas no hacia la comodidad pasajera, sino hacia la vida eterna.
Vídeo: ¿Qué hacer a la hora de la muerte? con el P. Jorge Loring (+)
Manifiesto Pastoral: Un Llamado Urgente a Obispos y Sacerdotes
Amados pastores de la Iglesia:
En medio de la crisis espiritual de nuestros tiempos, donde reina la confusión doctrinal, la tibieza y la indiferencia, el Espíritu Santo nos urge a volver al centro: Cristo vivo en la Santa Eucaristía.
Muchos fieles claman orientación, pero en lugar de recibir la Verdad íntegra del Evangelio, escuchan homilías superficiales, mensajes incompletos o discursos sociales que dejan de lado la salvación eterna. Callar el pecado, el infierno y la justicia de Dios es una omisión culpable, que pone en riesgo la salvación de las almas.
Por eso, como medio de comunicación católico y como fieles de Nuestra Santa Madre Iglesia Católica, elevamos un llamado respetuoso pero firme:
- Promuevan la Adoración Eucarística en cada parroquia.
Que todo templo católico sea un faro de luz, con capillas abiertas donde el pueblo pueda encontrarse con Cristo vivo. - Prediquen el Evangelio completo.
Misericordia y justicia, cielo e infierno, amor y conversión. Todo el Evangelio, no una versión mutilada. - Recuerden que la misión principal del sacerdote no es agradar al mundo, sino salvar almas.
Como dice San Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). - Sean pastores valientes.
San Agustín advirtió: “El silencio del mal pastor mata las ovejas”. No teman perder aplausos humanos, teman más bien el juicio de Dios. - Confíen en la Virgen María.
El Corazón Inmaculado de María prometió en Fátima ser refugio y camino seguro. Ella nos conduce a su Hijo en la Eucaristía.
Conclusión Profética
El mundo necesita sacerdotes de fuego, adoradores, confesores, predicadores de la verdad. El demonio teme más a un sacerdote en adoración y a un pueblo eucarístico, que a mil discursos políticos.
Obispos y sacerdotes:
El futuro de la Iglesia no se sostiene con estrategias humanas, sino con rodillas dobladas ante el Santísimo.
El día en que en cada parroquia haya adoradores constantes, el infierno temblará, las almas se salvarán y la Iglesia resplandecerá con la luz de Cristo.
Que no se diga de nosotros que callamos cuando debimos hablar, o que dormimos cuando debimos velar.
¡Ha llegado la hora de volver a Jesús Eucaristía!
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