Dos sacerdotes que dieron la vida por amor: testimonio de fe, dolor y esperanza

El dolor que hoy atraviesa a muchas comunidades católicas del Ecuador se mezcla con una profunda esperanza cristiana. La muerte de los sacerdotes Alfonso Avilés y Pedro Anzoátegui, ocurrida el viernes 13 de marzo de 2026 en el mar de General Villamil Playas, ha conmovido profundamente a la Iglesia y a la sociedad.

Ambos presbíteros murieron ahogados mientras intentaban rescatar a un monaguillo que se estaba ahogando durante un retiro espiritual realizado en el sector Las Antenas, en la provincia del Guayas. Su muerte, marcada por un acto de entrega absoluta, ha sido interpretada por muchos fieles como un testimonio vivo del Evangelio.

Ver: Correos del P. Alfonso Avilés solicitando ayuda para nuestra parroquia San Alberto Magno

Las palabras de Jesucristo resuenan hoy con fuerza:

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” (Jn 15,13)

Y en ese espíritu, la Iglesia ecuatoriana recuerda a estos dos pastores que, hasta el último momento, actuaron como verdaderos servidores de su rebaño.


El padre Alfonso Avilés: un misionero que dedicó su vida a salvar almas

 

El padre Alfonso Avilés nació el 24 de diciembre de 1966 en Murcia y murió a los 59 años, después de más de tres décadas de ministerio sacerdotal.

Perteneció a la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, una fraternidad caracterizada por su labor educativa y pastoral con presencia en España, Estados Unidos y Ecuador.

Durante los últimos nueve años, sirvió como párroco de la Parroquia San Alberto Magno, perteneciente a la Diócesis de Daule.

Allí dejó una huella profunda en la comunidad católica de La Aurora, tanto por su liderazgo pastoral como por las obras que impulsó.

Entre sus aportes más recordados están:

  • La construcción del templo parroquial iniciada en 2017.

  • La creación de la Capilla de Adoración Perpetua Santa Clara de Asís, dedicada a la oración continua ante el Santísimo Sacramento.

  • La edificación de salas de catequesis para la formación de niños, jóvenes y adultos.

  • La revista digital Fortaleciendo la fe.

Pero quienes fueron sus feligreses recuerdan sobre todo su labor espiritual.

Era un sacerdote profundamente comprometido con el sacramento de la Reconciliación, donde ofrecía consejos firmes y directos que invitaban a abandonar el pecado y luchar por la santidad.

Muchos recuerdan con emoción cómo, al finalizar la confesión, solía despedir al penitente con una frase que se convirtió en su sello personal:

“¡Al ataque!”

Con esas palabras animaba a los fieles a continuar la batalla diaria contra el pecado y a vivir con valentía el camino cristiano.

Sus homilías también eran intensas y claras. Predicaba con fuerza principalmente sobre:

  • la santificación del matrimonio,

  • la defensa de la familia,

  • la responsabilidad de los padres en la formación de sus hijos.

Solía repetir una enseñanza que marcó a muchos matrimonios cristianos:

“Dios hizo el matrimonio para la santidad.”

Su comunidad lo despidió con un mensaje profundamente conmovedor:

“Partió a la Casa del Padre entregándose generosamente por quienes le fueron confiados (…) Deja un legado de fe, cercanía y amor”.

Días antes de la última Navidad había dejado a sus feligreses un mensaje que hoy adquiere un significado aún más profundo:

“Preparémonos para el nacimiento del Señor. Preparémonos con obras de misericordia, de penitencia, de sacrificio, de pensar en Dios, de darle más de nuestro tiempo”.


El padre Pedro Anzoátegui: un pastor cercano a los jóvenes

 

El padre Pedro Anzoátegui, sacerdote de la Diócesis de San Jacinto, fue ordenado el 20 de noviembre de 2010, nació el 29 de abril de 1982 y dedicó su vida al servicio pastoral en varias comunidades del Guayas.

Durante muchos años sirvió en la Parroquia Jesús del Gran Poder, ubicada en la ciudadela Primavera 2 del cantón Durán.

Su comunidad expresó públicamente su gratitud tras conocer la noticia de su fallecimiento:

“Damos gracias a Dios por su vida, su servicio, su ministerio y entrega al Pueblo de Dios en esta pequeña porción de su redil”.

Quienes lo conocieron destacan su cercanía humana y su manera directa de acompañar espiritualmente a los jóvenes.

Su vocación nació en la Parroquia Cristo Rey, ubicada en el suburbio oeste de Guayaquil, en las calles Colombia y Marieta de Veintimilla.

A esa parroquia solía regresar cada noviembre durante sus festividades, manteniendo un vínculo profundo con la comunidad que vio nacer su llamado sacerdotal.

También ejerció su ministerio en el cantón El Triunfo y Durán, donde dejó recuerdos imborrables entre los fieles.

Uno de sus jóvenes feligreses lo recordó con cariño diciendo:

“Extraño y extrañaré ese saludo amagándome y apretándome fuerte de la mano o esa cachetada cuando presentía que yo estaba haciendo algo mal”.


Un sacerdote que animaba a los jóvenes a levantarse

 

El padre Anzoátegui también fue asesor diocesano de la Pastoral Juvenil, desde donde impulsó encuentros y actividades de formación para los jóvenes.

En 2019, durante el IX Encuentro Juvenil Diocesano realizado en el Colegio Franciscano San Antonio, no solo organizó el evento, sino que también participó cantando junto a los jóvenes.

En ese encuentro pronunció una frase que hoy muchos recuerdan:

“Joven que me escuchas, déjate levantar por Jesucristo que ha venido a redimirte y a hacerte vivir el cielo en la Tierra”.


Dos sacerdotes, un mismo testimonio

 

La muerte de los padres Alfonso Avilés y Pedro Anzoátegui no solo deja un vacío humano en sus comunidades. También deja un testimonio poderoso de lo que significa vivir el sacerdocio como una entrega total.

Murieron intentando salvar a un niño.
Murieron cumpliendo aquello que Cristo pidió a sus discípulos: amar hasta el extremo.

Por ello, la Iglesia ecuatoriana ha pedido a todos los fieles unirse en oración por el descanso eterno de estos dos sacerdotes que, a imitación de Cristo, entregaron su vida para que otros vivan.


Conclusión: gratitud y memoria viva

 

Hoy, en medio del dolor, también surge una profunda gratitud a Dios por el don de estos dos sacerdotes que sirvieron con generosidad a la Iglesia en el Ecuador.

Nuestro agradecimiento al Señor por la vida y el ministerio de Pedro Anzoátegui y, de manera muy especial, por la vida de nuestro muy querido y recordado Alfonso Avilés.

Quienes formamos THEIOS PARRHESÍA tuvimos la gracia de ser sus feligreses entre 2017 y 2019 en la Parroquia San Alberto Magno, dentro de la Diócesis de Daule.

Fuimos testigos de su entrega, de su dinamismo pastoral, de sus homilías firmes y de su incansable deseo de conducir a las almas hacia Dios.

Por ello, hoy elevamos una oración llena de gratitud y esperanza:

Gracias, Padre Alfonso, por su vida, por su sacerdocio y por su ejemplo.
Gracias por enseñarnos a luchar por la santidad.

Y como usted tantas veces nos decía al terminar una confesión:

“¡Al ataque!”

Que el Señor lo reciba en su Reino y le conceda el descanso eterno.

‎RESPONSO POR EL ALMA DE NUESTROS AMADOS SACERDOTES PADRE ALFONSO AVILÉS Y PADRE PEDRO ANZOÁTEGUI.

 

‎Compartido por el P. Luis Fernando Intriago Páez.

‎Yo Soy la Resurrección y la Vida –dice el Señor–; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. (cfr. Juan 11, 25-26)

‎℣. Venid en su ayuda, Santos de Dios; salid a su encuentro, Ángeles del Señor.
‎℟. Recibid su alma, y presentadla ante el Altísimo.
‎℣. Cristo que te llamó, te reciba y los Ángeles te conduzcan al regazo de Abraham.
‎℟. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.
‎℣. Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para él la luz perpetua.
‎℟. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.

‎Señor, ten piedad.
‎Cristo, ten piedad
‎Señor, ten piedad.

‎Padre nuestro, Ave María y Gloria…

‎V/. Libra, Señor, sus almas.
‎R/. De las penas del Purgatorio.
‎V/. Descansen en paz.
‎R/. Amén.
‎V/. Señor, escucha nuestra oración.
‎R/. Y llegue a Ti nuestro clamor.

‎OREMOS
‎  Oh Dios, Autor de la vida, que haces revivir los cuerpos de los que han muerto y quieres que los que viven te supliquen: escucha las oraciones que te dirigimos por tus siervos, nuestros amados PADRE ALFONSO y PADRE PEDRO, líbrales de la muerte eterna, perdona sus pecados y llévale a la seguridad de tu descanso. Por Jesucristo Nuestro Señor.
‎℟. Amén.

‎V/. Dadles, Señor, el descanso eterno.
‎R/. Y brille para ELLOS, la luz perpetua.
‎V/. Dadles, Señor, el descanso eterno.
‎R/. Y brille para ELLOS, la luz perpetua.
‎V/. Descansen en paz.
‎R/. Amén.
‎V/. Que las almas de tu hijos, nuestros amados PADRE ALFONSO y PADRE PEDRO, y de todos los fieles difuntos por la misericordia de Dios, descansen en paz.
‎R/. Amén.

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