Santa Misa presidida por el Presbítero José Arturo López Cornejo, desde el Pueblo de Topiltepec, estado de Guerrero, México.
Liturgia de la Palabra del Sábado de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.
Compartido por el P. Roberto Rodríguez, Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»
Lectura del libro de Josué 24, 14-29.
En aquellos días, Josué continuó hablando al pueblo: «Pues bien, temed al Señor, servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto; y servid al Señor. Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros padres al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»
El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»
Josué dijo al pueblo: «No podréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá contra vosotros y, después de haberos tratado bien, os maltratará y os aniquilará.»
El pueblo respondió: «¡No! Serviremos al Señor.»
Josué insistió: «Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido servir al Señor.»
Respondieron: «¡Somos testigos!»
Josué contestó: «Pues bien, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, y poneos de parte del Señor, Dios de Israel.»
El pueblo respondió: «Serviremos al Señor, nuestro Dios, y le obedeceremos.»
Aquel día, Josué selló el pacto con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. Escribió las cláusulas en el libro de la ley de Dios, cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina del santuario del Señor, y dijo a todo el pueblo: «Mirad esta piedra, que será testigo contra vosotros, porque ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho. Será testigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios.» Luego despidió al pueblo, cada cual a su heredad.
Algún tiempo después murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.
Salmo 15, 1-2a. 5. 7-8. 11
R/. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.
Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 19, 13-15.
En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.» Les impuso las manos y se marchó de allí.
Palabra de El Señor.
Gloria y Honor a Ti, Señor Jesús.
Reflexión
Jesús casi siempre nos rompe los esquemas y nos invita a mirar la realidad de otra manera. Es lo que les pasaba a los discípulos que iban de sorpresa en sorpresa. Seguían a Jesús pensando que era el Mesías prometido y que, por seguirle, iban a tener derecho a los primeros puestos en su reino y va Jesús y les dice que el Hijo del hombre va a ser entregado y que lo van a crucificar. No terminan nunca de llegar a Jerusalén que es el centro del judaísmo y donde necesariamente el Mesías se tiene que proclamar. Sin prisa ninguna, Jesús se dedica a recorrer los caminos de Galilea, esa frontera entre el mundo judío y el mundo pagano. No sólo eso. Además, Jesús empeña con mezclarse con publicanos y pecadores, con enfermos y pobres de solemnidad, haciéndose impuro el que tenía que ser el centro de la pureza, el Mesías. Los discípulos no entendían a Jesús. Nada de nada. Pero algo en el fondo de su corazón, les decía que, aún sin entender, valía la pena seguirle.
Es lo que vemos en el texto evangélico de hoy. Jesús y los niños. Vamos a quitarnos la idea que tenemos hoy de los niños, esas criaturas a las que se dirigen todos los cuidados y atenciones imaginables. En el tiempo de Jesús, los niños no valían gran cosa. Nacían muchos y morían también muchos. No eran considerados como personas con todos sus derechos. No se les veía como impuros pero sí estaban marginados y poco valorados socialmente.
La actitud de Jesús, imponiéndoles las manos y declarando que de los que se hacen como los niños es el reino de los cielos, fue claramente escandalosa. Un maestro que se preciase a sí mismo nunca haría eso. Se vería como una pérdida de tiempo. Por eso, los discípulos regañaban a Jesús. Es un término fuerte el que usa el evangelista: “regañar”. Señal clara de que los discípulos no entendían nada. Es que entonces y ahora nos sigue costando entender que los pobres, los menores, los que no son nada en nuestra sociedad, son los primeros en el reino de los cielos. Y que acogerlos, respetarlos, dignificarlos es mucho más importante que todas las ceremonias, inciensos y liturgias que podamos hacer en nuestras iglesias.
Atte: Fernando Torres, cmf
Bendiciones para ti y toda tu familia.
Que tengas un excelente día con Jesús, José y María.

Conozcamos al santo de hoy, San Esteban de Hungría con ACI Prensa.
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