La Iglesia en crisis y el eco de los profetas – Un diálogo entre la realidad eclesial del Ecuador y el Sermón 46 de San Agustín

Fotografía. Daniel Noboa Azín y su legítima esposa ante Dios, señora Gabriela Goldbaum el día de su matrimonio en la Iglesia Santa Teresita de Entre Ríos, en Samborondón, Guayas. 

 

 

Introducción: La voz que clama en medio de la confusión

 

La Iglesia Católica en Ecuador atraviesa una crisis silenciosa pero real. Su misión esencial —anunciar el Evangelio y custodiar la santidad de los sacramentos— se ve amenazada por tensiones internas, divisiones, ambigüedad pastoral y una peligrosa complacencia frente al poder político y económico. El resultado es un escenario doloroso: sacramentos reducidos a mercancía, sacerdotes perseguidos por denunciar abusos, fieles confundidos y comunidades divididas.

En este contexto, resuena con fuerza la voz de los profetas del Antiguo Testamento. Isaías, con su valentía, exhorta: “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta y anuncia a mi pueblo su rebelión” (Is 58,1). La denuncia profética no era destrucción, sino purificación: una llamada a regresar al Dios de la Alianza.

De igual manera, hoy necesitamos esa voz clara que, sin miedo, muestre la herida de la Iglesia y abra caminos de conversión. Y es aquí donde la enseñanza de San Agustín, en su célebre Sermón 46 sobre los pastores, ilumina con vigor la realidad de nuestra Iglesia en Ecuador.

 


San Agustín y la distinción entre buenos y malos pastores

 

El obispo de Hipona, comentando al profeta Ezequiel, hace una denuncia que no ha perdido actualidad:

“Vosotros os alimentáis de la leche, os vestís con la lana, matáis lo engordado, pero no apacentáis el rebaño” (Ez 34,3 citado en Sermón 46).

Agustín describe al mal pastor como aquel que busca honores, beneficios y comodidad, que calla ante el pecado para no incomodar, y que convierte su ministerio en ocasión de lucro o prestigio. Por el contrario, el buen pastor es aquel que predica a Cristo y no a sí mismo, que guía con la palabra y con el ejemplo, que sirve antes que dominar, y que, si es necesario, está dispuesto a dar la vida por sus ovejas.

Su conclusión es lapidaria: “El buen pastor busca no lo suyo, sino lo de Jesucristo” (Sermón 46,5).


La crisis pastoral en Ecuador

 

Las palabras de Agustín se reflejan hoy en la ambigüedad pastoral que atraviesan varias diócesis del país. En Machachi, Latacunga o Riobamba, se repiten denuncias de sacramentos convertidos en trámites acelerados a cambio de dinero, con catequesis reducidas o eliminadas, en perjuicio de los más pobres y auspicio de la vagancia de los católicos «light». Esto no solo es un pecado de simonía, como recuerda el Catecismo (CEC 2121), sino una grave herida que mina la fe y convierte la gracia en simple transacción económica.

El pueblo percibe esta incoherencia y, poco a poco, la confianza se erosiona. Muchos terminan abandonando la práctica religiosa o reduciéndola a mero rito social, debilitando así la misión evangelizadora de la Iglesia.


 

La connivencia política: un peligro para la fe

 

Cuando se administra la Eucaristía a líderes políticos que viven en incoherencia pública y en situaciones de pecado manifiesto como el adulterio del actual mandatario ecuatoriano, Daniel Noboa, quien convive públicamente con su concubina, estando casado con la señora Gabriela Goldbaum por la Santa Madre Iglesia Católica, Noboa y su concubina Lavinia Valbonesi reciben la Sagrada Comunión de los sacerdotes católicos quienes conocen su vida adúltera pública y otras situaciones similares, no solo se contradice la enseñanza de San Pablo (1 Co 11,27), sino que se envía al pueblo un mensaje de indiferencia moral. Agustín lo habría condenado con dureza: callar ante el pecado del poderoso es participar de su ruina.

Si un mandatario que vive en adulterio recibe el respaldo público de sacerdotes católicos en lugar de una corrección fraterna, se envía un mensaje devastador a la sociedad: que el pecado puede ser legitimado desde el altar. Así jamás terminará la violencia en los hogares ni en el país, porque donde se rompe la fidelidad conyugal y se normaliza el desorden moral, la familia —célula de la sociedad— queda herida de muerte.

Nuestros reportajes han demostrado con datos claros que el adulterio y el alcoholismo son las principales causas de la violencia intrafamiliar en el Ecuador. La infidelidad destruye la confianza, enciende resentimientos y abre la puerta a la agresión, mientras que el abuso del alcohol multiplica el dolor en los hogares más pobres.

Por eso resulta doloroso y escandaloso que algunos sacerdotes se presten, con su silencio o con gestos de respaldo, a convalidar el pecado en lugar de denunciarlo. Tal complicidad no solo traiciona el Evangelio, sino que se convierte en una de las más graves heridas contra la credibilidad de la Iglesia.

La misión del pastor no es proteger al poderoso en su pecado, sino guiar al pueblo hacia la verdad que libera. Callar o justificar el adulterio es volverse cómplice de la más grande canallada contra la familia y contra la paz social en nuestro país.

La Iglesia ecuatoriana no puede convertirse en “capellana” de los gobiernos de turno. Su misión no es complacer al poder, sino iluminarlo con la luz de Cristo.


Compendio Bíblico y Catequético sobre el Adulterio

 

1. El Mandamiento Divino

  • Éxodo 20,14
    «No cometerás adulterio.»

El adulterio es condenado directamente en el Decálogo, núcleo de la Ley de Dios. No es una norma cultural pasajera, sino un mandamiento divino de validez eterna.

  • Catecismo (CEC 2380)
    «El adulterio es la infidelidad conyugal. Cuando dos personas, de las cuales al menos una está casada, establecen entre sí una relación sexual, cometen adulterio.»

2. Las consecuencias espirituales y sociales

  • Proverbios 6,32-33
    «El que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace. Hallará heridas y vergüenza, y su afrenta nunca será borrada.»
  • Hebreos 13,4
    «Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios.»
  • CEC 2381
    «El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial, atenta contra el derecho del otro cónyuge y socava la institución del matrimonio quebrantando el contrato que la constituye. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.»

3. Jesús y la pureza del corazón

  • Mateo 5,27-28
    «Habéis oído que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.»

Cristo radicaliza el mandamiento, mostrando que el pecado no se limita al acto externo, sino que brota de la intención del corazón.

  • CEC 2384
    «El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende disolver el contrato libremente contraído por los esposos para vivir juntos hasta la muerte. La unión matrimonial es indisoluble, y todo nuevo matrimonio de parte de uno de los cónyuges vivos constituye adulterio.»

4. El adulterio y la indisolubilidad del matrimonio

  • Mateo 19,9
    «Y yo os digo que el que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.»
  • Romanos 7,2-3
    «La mujer casada está ligada por la ley al marido mientras él vive; pero si el marido muere, queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida de su marido se une a otro varón, será llamada adúltera.»
  • CEC 2382
    «El Señor Jesús insistió en la intención originaria del Creador que quería una unión indisoluble entre marido y mujer. Autorizó la separación de los esposos en ciertos casos previstos por el derecho canónico, sin que se dé el derecho de contraer un nuevo matrimonio.»

5. El adulterio y la salvación eterna

  • 1 Corintios 6,9-10
    «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones… heredarán el reino de Dios.»

Aquí San Pablo es contundente: el adulterio no es una simple “flaqueza” tolerable, sino un pecado mortal que, si no se arrepiente y repara, excluye del Reino de Dios.

  • CEC 2390
    «Se comete adulterio también cuando se mantienen relaciones sexuales entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio, aunque vivan juntos y se llamen “casados” de hecho.»

6. Llamado a la conversión y a la misericordia

  • Juan 8,11
    «Tampoco yo te condeno; vete y no peques más.»

Jesús perdona a la mujer sorprendida en adulterio, pero le exige la conversión. El perdón nunca equivale a convalidar el pecado.

  • CEC 2391
    «Se debe denunciar como grave escándalo la degradación del matrimonio y de la familia que supone el adulterio. Pero la Iglesia ofrece también el camino de la reconciliación mediante el sacramento de la penitencia para quienes se arrepienten sinceramente.»

Entonces:

 

La Biblia y el Magisterio de la Iglesia enseñan con claridad que el adulterio es pecado mortal, una grave injusticia contra el cónyuge, la familia, los hijos y contra Dios mismo.
Si no hay arrepentimiento ni conversión, conduce a la pérdida de la salvación eterna.

Pero al mismo tiempo, la Iglesia —siguiendo a Cristo— abre siempre la puerta de la misericordia y del perdón, invitando al adúltero al arrepentimiento sincero, la reparación del daño y el retorno a la vida de gracia.

 

El silencio como complicidad

 

San Agustín advertía con claridad: “Dicen paz, paz, y no hay paz… prefieren callar antes que corregir” (Sermón 46,8). Este silencio no es prudencia, sino complicidad. Cuando algunos obispos prefieren callar ante el desorden litúrgico, ante los abusos económicos o ante la persecución de sacerdotes fieles, se convierten en asalariados que abandonan al rebaño en manos del lobo.

La falsa tolerancia —aquella que calla para “evitar problemas”— termina siendo más dañina que una persecución abierta. El pueblo necesita claridad, no ambigüedad; verdad, no diplomacias que relativizan el Evangelio.


Sacerdotes perseguidos por la verdad

 

El caso del padre Walter Villacrés en Riobamba, destituido sin un proceso transparente, es un ejemplo doloroso. Como dice Agustín: “Si el pastor calla por miedo a perder el favor de los hombres, es un asalariado que huye cuando ve venir al lobo” (Sermón 46,6).

Un obispo que abandona a su sacerdote injustamente acusado o difamado no actúa como pastor, sino como funcionario preocupado por su imagen. Frente a esta realidad, los fieles no deben permanecer indiferentes: la defensa de un pastor injustamente tratado es también defensa de la verdad del Evangelio.

Los sacramentos convertidos en mercado

 

Uno de los signos más dolorosos de esta crisis es la mercantilización de los sacramentos. Padres de familia que pagan sumas elevadas por la Primera Comunión de sus hijos sin preocuparse por la catequesis, parroquias que imponen tarifas que excluyen a los más pobres, fieles que reducen la Confirmación a un trámite rápido.

San Agustín denunció esta actitud: el pastor que se alimenta de la leche del rebaño sin dar verdadero alimento espiritual es un lobo vestido de pastor. El riesgo no es solo económico: se debilita la fe de los jóvenes, se confunde la gratuidad de la gracia y se convierte la Iglesia en un espacio de privilegio para quienes tienen recursos.


Un pueblo dividido como reflejo de sus pastores

 

La división del pueblo de Dios es consecuencia directa de la ambigüedad pastoral. Fieles que se enfrentan entre sí, comunidades polarizadas entre obediencia ciega y crítica destructiva, indiferencia que conduce a la tibieza.

El Apocalipsis ya lo había advertido: “No eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio… estoy por vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16).

La tibieza no es neutralidad, es decadencia espiritual. Cuando los pastores son ambiguos, los fieles terminan imitando esa misma mediocridad.


Cristo, Pastor Supremo

 

Sin embargo, San Agustín no cierra nunca en la desesperanza. Aun reconociendo la existencia de malos pastores, recuerda la promesa del Señor: “Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré” (Ez 34,15). Cristo es el verdadero Pastor que nunca abandona a su rebaño.

El Concilio Vaticano II lo reafirma: “La Iglesia es signo e instrumento de unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, n. 9). Por eso, la crisis pastoral no significa el fin, sino una oportunidad de purificación.


Caminos para salir de la ambigüedad

 

  1. Recuperar la gratuidad de la gracia: establecer normas claras que eliminen el mercantilismo en los sacramentos.
  2. Defender a los sacerdotes perseguidos: los fieles deben organizarse en comunidades de apoyo, redactar cartas y elevar denuncias a la Santa Sede cuando un pastor es injustamente tratado.
  3. Formación integral: fortalecer la catequesis como prioridad, asegurando que niños y jóvenes conozcan y amen la fe más allá de la preparación inmediata a un sacramento.
  4. Valentía profética de los obispos: se necesitan pastores que, con caridad y firmeza, denuncien los abusos y prediquen sin temor.
  5. Unidad en la oración: promover jornadas de adoración y de oración comunitaria por la purificación de la Iglesia.
  6. Transparencia económica: rendición de cuentas en las parroquias para evitar sospechas de lucro indebido.
  7. Participación laical: dar voz a los fieles en consejos pastorales para que colaboren en la construcción de una Iglesia más evangélica.
  8. Homilías catequéticas donde los sacerdotes instruyan y evangelicen conforme a la verdad de los Santos Evangelios y no la formación tibia y mediocre que hasta el momento se proclama  la Buena Nueva.

Conclusión: un llamado a la conversión pastoral

 

El Sermón 46 de San Agustín es hoy un espejo para la Iglesia ecuatoriana. Sus palabras denuncian a los pastores que buscan su propio provecho, pero también ofrecen esperanza en Cristo, Pastor Supremo.

La solución no es destruir, sino purificar; no es dividir más, sino volver al mandato de Cristo: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19).

Como recuerda Agustín: “Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo”. Esta humildad y este equilibrio entre servicio y autoridad deben inspirar a los pastores y fieles de Ecuador.

La voz de los profetas y la enseñanza de San Agustín nos llaman a no callar, a denunciar con caridad, a exigir coherencia y, sobre todo, a confiar en que Cristo mismo guía a su Iglesia. Solo así saldremos de la ambigüedad hacia una Iglesia más fiel, más valiente y más santa.

 

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