Imagen de adulterio = ruptura matrimonial y familiar. Informa-Te Ve LATAM.
El adulterio no es solo una traición entre esposos, es una grave ofensa a Dios y una destrucción del pacto sagrado del matrimonio. La Sagrada Escritura es clara: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14), y Jesús lo profundiza al decir: “Todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5:28). San Pablo también advierte: “Ni los adúlteros… heredarán el Reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).

La Iglesia Católica, en coherencia con el Evangelio, enseña que el matrimonio es un sacramento indisoluble. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el n.° 2380, lo define con claridad: “El adulterio es una injusticia. Quien lo comete falta a su compromiso. Lesiona el signo de la alianza, viola el vínculo del pacto matrimonial, atenta contra el derecho del otro cónyuge y perjudica la institución del matrimonio.”
Pero las consecuencias del adulterio no se limitan a los esposos. Los hijos sufren profundamente al ver que su padre o su madre rechaza al otro progenitor y elige formar una nueva familia con otra persona. Esto provoca heridas emocionales duraderas, que generan en los niños y jóvenes falta de amor propio, inseguridad, dolor y confusión sobre el verdadero significado del amor y del compromiso. Se sienten abandonados, reemplazados por los hijos engendrados con amantes, y muchas veces arrastran estas secuelas a lo largo de su vida.
Además, la infidelidad y la fornicación tienen consecuencias físicas y sociales. La promiscuidad sexual ha sido causa de la expansión de enfermedades venéreas, como el VIH/SIDA, sífilis, gonorrea y otras infecciones, que destruyen vidas y afectan la salud pública. También hay un vínculo directo entre la descomposición familiar y la violencia intrafamiliar, la delincuencia juvenil y la falta de valores en la sociedad, ya que los hijos criados en hogares rotos, sin estabilidad emocional ni ejemplo de amor y respeto, son más vulnerables al resentimiento, la rebeldía y el abandono escolar.
Un caso histórico conocido es el del rey Enrique VIII, quien, al no poder obtener la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, rompió con la Iglesia Católica y fundó el anglicanismo, para casarse con Ana Bolena. Así, cometió adulterio y provocó un cisma que afectó a millones de almas.
En tiempos actuales, el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, ha sido protagonista de un escándalo moral. A pesar de estar casado sacramentalmente por la Iglesia Católica con Gabriela Goldbaum, madre de su hija, vive públicamente en adulterio con Lavinia Valbonesi, con quien se ha unido con boda civil y ha tenido dos hijos fuera del matrimonio. Esta situación no solo es una grave falta ante Dios, sino que hiere profundamente a su legítima esposa y a su hija, que crecen con el dolor de una familia rota. Como la Iglesia enseña, quienes han contraído matrimonio sacramental y luego se unen civilmente o conviven con otra persona sin nulidad eclesiástica válida, viven en pecado grave y no pueden comulgar.
Si bien existen casos extremos —como violencia, abuso o abandono— que pueden justificar la separación, la Iglesia permite que la persona separada comulgue solo si permanece fiel a Dios y no vive en una nueva unión. La convivencia con otra persona fuera del matrimonio válido ante Dios agrava aún más el pecado, pues implica una ruptura doble: de la alianza conyugal y de la comunión con la Iglesia.
El adulterio es, en verdad, una herida mortal que destruye el matrimonio, hiere a los hijos, corrompe la sociedad y pone en peligro la salvación del alma.
Para finalizar, es fundamental recordar que el matrimonio civil tiene validez únicamente ante las leyes del Estado, pero no tiene ningún valor sacramental ante Dios. Es un requisito legal para efectos jurídicos, como herencias o custodias, pero no constituye un verdadero matrimonio ante la Iglesia Católica. Una persona que se casa solo por lo civil puede divorciarse y volver a casarse civilmente, porque así lo permite la ley humana. Sin embargo, para Dios y para la Iglesia, esa unión no es válida como matrimonio. Quienes viven en unión libre o en unión civil, sin haber recibido el sacramento del matrimonio eclesiástico, viven en fornicación, y no pueden comulgar mientras permanezcan en esa situación. La Iglesia enseña que solo las parejas casadas por la Iglesia pueden comulgar, y si una persona casada por la Iglesia se divorcia, no puede unirse con otra persona, a menos que obtenga una nulidad matrimonial válida. En caso contrario, caerían en adulterio permanente y tampoco pueden recibir la Eucaristía. En resumen, el matrimonio civil no sirve ante Dios para convivir como esposos, y Dios no bendice ni la unión libre, ni el matrimonio civil, ni a los adúlteros vueltos a casar fuera del sacramento.
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