Imagen del Martirio de San Juan Bautista tomado de Brújula cotidiana
Ecuador conmemora este 24 de junio la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista, el último y más grande de los profetas del Antiguo Testamento (cf. Lucas 1,76), primo de Nuestro Señor Jesucristo y precursor de su venida. Un hombre que no temió al poder, que denunció el pecado aunque le costara la vida: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano” (cf. Marcos 6,18), dijo con valentía al rey Herodes, marcando con su sangre el compromiso con la verdad y la justicia.
Este ejemplo profético resuena hoy con urgencia frente a una dolorosa y compleja realidad que golpea a familias del cantón Las Naves, provincia de Bolívar, y que implica directamente al presidente de la República, Daniel Noboa Azin, y a su entorno familiar y empresarial.
Un conflicto de fondo: violencia estatal, extractivismo y atropello institucional
La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) ha denunciado un grave episodio de represión ocurrido recientemente en la comunidad de La Unión, cantón Las Naves, donde cerca de 500 policías fuertemente armados intentaron desalojar por la fuerza a pobladores que resisten al proyecto minero Curimining, gestionado por Adventus Mining Corporation y Luminex Resources, con participación directa de Nobis Holdings, conglomerado económico de la familia Noboa.
Durante la intervención policial, varias personas resultaron heridas y afectadas, en una acción que vulnera los derechos colectivos de las comunidades indígenas y campesinas, tal como están garantizados en la Constitución del Ecuador, artículos 57, 71 y 398, que reconocen el derecho a la consulta previa, libre e informada, el derecho a la naturaleza (Pachamama) y la obligación de informar y prevenir impactos ambientales.
El proyecto Curimining ha sido señalado por líderes comunitarios por su falta de consulta ambiental, desplazamiento forzado de familias, y riesgos ecológicos como la contaminación del agua y la destrucción de biodiversidad en zonas sensibles.
Una historia personal y social silenciada: Gabriela Goldbaum y Luisa Noboa Goldbaum, el triste espejo de la mayoría de hogares ecuatorianos.
Este contexto nacional se entrelaza con un caso personal que también exige atención. Se trata de Gabriela Goldbaum, única esposa legítima ante Dios del hoy presidente Daniel Noboa, y su hija Luisa Noboa Goldbaum, quienes han sido víctimas de violencia familiar, institucional y mediática y cuya historia se ha repetido y continúa repitiéndose por años en muchos hogares.
Tras la ruptura conyugal y el establecimiento de una unión civil con Lavinia Valbonesi, el presidente ha sido denunciado no solo por quebrantar su compromiso matrimonial sino también por emplear su poder y recursos para silenciar, marginar y humillar públicamente a su esposa e hija. Diversos sectores han normalizado esta situación, e incluso sectores que lo apoyaron en las elecciones —especialmente en la Sierra Centro— han burlado y despreciado a la señora Goldbaum, tratándola como “la ex” o “la otra”, cuando ante los ojos de Dios y según el derecho canónico, el matrimonio es indisoluble (cf. Mateo 19,6: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»).
Es indignante la imagen del mandatario ecuatoriano y su concubina, viviendo en adulterio tras romper un matrimonio sacramental, destruyendo a su esposa legítima y afectando a una niña inocente, mientras ella ostenta un título usurpado de Primera Dama. Pretenden mostrarse como católicos, con la omisión y complicidad silenciosa de muchas autoridades eclesiásticas ecuatorianas, que han preferido callar ante el pecado público en lugar de defender la verdad del Evangelio.
Este desprecio de quienes hoy se quejan de la delincuencia, del abuso, de la imposición, de la arbitrariedad, se enmarca en una sociedad donde la violencia doméstica está normalizada, donde los líderes religiosos muchas veces callan ante el pecado estructural. La Conferencia Episcopal Ecuatoriana, al asistir sin objeción a la posesión del mandatario en unión adúltera, celebrando incluso misas privadas, ha cometido una omisión grave que contradice el ejemplo de San Juan Bautista y el mandato de Jesucristo:
“A los tibios los vomitaré de mi boca” (cf. Apocalipsis 3,16).
Resulta profundamente hipócrita y vergonzosa la imagen pública del actual mandatario ecuatoriano y de la mujer con la que convive en un concubinato marcado por el adulterio, tras haber roto un matrimonio sacramental válido ante Dios. Esta unión ilegítima no solo ha causado un dolor irreparable a su esposa legítima, sino que también ha afectado gravemente la vida emocional y espiritual de una niña inocente, su hija. Pese a ello, esta mujer pretende ostentar el título usurpado de Primera Dama del Ecuador, arrogándose una dignidad que moral y espiritualmente no le corresponde. Todo esto, mientras ambos intentan proyectar una imagen de católicos practicantes, en abierta contradicción con los valores evangélicos que dicen profesar. Más doloroso aún es saber que fue el propio pueblo ecuatoriano quien eligió y colocó en el poder a este hombre, pese a sus actos públicos de violencia moral, familiar y espiritual.
Hipocresía social y responsabilidad moral colectiva
No se puede seguir culpando a extranjeros, costeños o migrantes de la violencia y corrupción del país, mientras se exalta hipócritamente la supuesta bondad de los pueblos serranos, ignorando que muchos de los votantes que hoy sufren los efectos de este gobierno fueron quienes lo llevaron al poder, especialmente en Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo y Cañar. Callar ante el abuso, reírse de las víctimas, justificar al agresor por su fortuna, es convertirse en cómplices del mal.
La Carta de Santiago nos recuerda:
«El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado» (cf. Santiago 4,17).
“La religión pura y sin mancha delante de Dios consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (cf. Santiago 1,27).
Un llamado profético: Ecuador necesita profetas, no cómplices
Ante esta grave situación, se hace un llamado urgente a los líderes religiosos, sacerdotes, obispos, religiosas y laicos del Ecuador: predicar como San Juan Bautista, con valentía, osadía y claridad, sin temor a denunciar el pecado del poder. La tibieza es un veneno que ha debilitado la fe del pueblo.
También se exhorta a la ciudadanía a doblar rodillas, pedir perdón y exigir justicia con la misma firmeza con la que celebramos hoy al precursor del Señor. San Juan Bautista fue mártir por denunciar el adulterio en la corte; ¿cuántos hoy callan por comodidad o por conveniencia política?
Conclusión: Justicia, verdad y reparación
La historia de Gabriela y Luisa no es solo un drama familiar; es un símbolo de cómo el poder, cuando no está sometido a la ley moral y divina, destruye lo más sagrado: la familia, la dignidad y la verdad.
La represión en Las Naves, la violencia doméstica silenciada, el silencio de los pastores y la indiferencia de una sociedad cómplice exigen un cambio urgente.
Porque Dios es Amor, pero también es Justo Juez. Y su justicia no se burla.
No podemos terminar esta reflexión sin dirigir una pregunta firme y urgente al pueblo ecuatoriano: ¿Hasta cuándo seguirá Ecuador sumido en la borrachera constante, en el uso profano de las fiestas religiosas para fomentar la lujuria, la promiscuidad, la violencia y el desorden? En demasiadas comunidades, celebraciones que deberían honrar a Dios se han convertido en escenarios de orgías, alcoholismo descontrolado, abusos sexuales y depravación moral. ¿Hasta cuándo se seguirá normalizando el machismo, la corrupción, la imposición por la fuerza, el silencio cobarde de quienes, teniendo el deber de denunciar estas realidades, callan por miedo, comodidad o conveniencia? La Palabra de Dios es clara: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre siembre, eso cosechará” (Gálatas 6,7). Y aún más directo: “El Señor es lento para la ira, pero grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1,3).
Muchos líderes religiosos, tristemente, han tergiversado la fe enseñando que Dios «no castiga», que «todo es misericordia», omitiendo que hay Cielo, Infierno y Purgatorio, y que nuestra eternidad depende directamente de lo que hagamos aquí y ahora (cf. Mateo 25,46: “Estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”). Quienes tienen la responsabilidad de predicar la verdad –sacerdotes, obispos, catequistas, padres de familia, educadores y autoridades– y no lo hacen, están sembrando oscuridad y destruyendo generaciones enteras. Si no hay un cambio real, si no se levanta una voz de arrepentimiento y reparación, lo que hoy vivimos será solo el principio de castigos peores, porque Dios no es indiferente al pecado colectivo y estructural. Como dijo Jesús: “Si no os convertís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13,3). Es hora de volver a Dios de verdad, antes de que sea demasiado tarde.
«¡Ay de aquellos que llaman al mal bien y al bien mal!» (cf. Isaías 5,20).
“El Señor escucha el clamor del pobre, y no desprecia al humilde de corazón” (cf. Salmo 34,6).
«Lo que queremos primero debemos darlo: Si queremos justicia debemos ser justos, si queremos verdad, debemos decir y vivir la verdad, si queremos honestidad primero debemos ser honestos.» Informa-Te Ve LATAM
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