Santa Misa presidida por el Presbítero José Arturo López Cornejo, desde el Pueblo de Topiltepec, estado de Guerrero, México.
Liturgia de la Palabra del Lunes de la XXVII Semana del Tiempo Ordinario.
Con el Pbro. Ernesto María Caro. Compartido por el P. Roberto Rodríguez, Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»
Comienzo de la profecía de Jonás 1, 1–2, 1. 11.
Jonás, hijo de Amitai, recibió la palabra del Señor: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella: «Su maldad ha llegado hasta mí.»» Se levantó Jonás para huir a Tarsis, lejos del Señor; bajó a Jafa y encontró un barco que zarpaba para Tarsis; pagó el precio y embarcó para navegar con ellos a Tarsis, lejos del Señor. Pero el Señor envió un viento impetuoso sobre el mar, y se alzó una gran tormenta en el mar, y la nave estaba a punto de naufragar. Temieron los marineros, e invocaba cada cual a su dios. Arrojaron los pertrechos al mar, para aligerar la nave, mientras Jonás, que había bajado a lo hondo de la nave, dormía profundamente.
El capitán se le acercó y le dijo: «¿Por qué duermes? Levántate e invoca a tu Dios; quizá se compadezca ese Dios de nosotros, para que no perezcamos.»
Y decían unos a otros: «Echemos suertes para ver por culpa de quién nos viene esta calamidad.»
Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Le interrogaron: «Dinos, ¿por qué nos sobreviene esta calamidad? ¿Cuál es tu oficio? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres?»
Él les contestó: «Soy un hebreo; adoro al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme.»
Temieron grandemente aquellos hombres y le dijeron: «¿Qué has hecho?» Pues comprendieron que huía del Señor, por lo que él había declarado.
Entonces le preguntaron: «¿Qué haremos contigo para que se nos aplaque el mar?» Porque el mar seguía embraveciéndose.
Él contestó: «Levantadme y arrojadme al mar, y el mar se aplacará; pues sé que por mi culpa os sobrevino esta terrible tormenta.»
Pero ellos remaban para alcanzar tierra firme, y no podían, porque el mar seguía embraveciéndose. Entonces invocaron al Señor, diciendo: «¡Ah, Señor, que no perezcamos por culpa de este hombre, no nos hagas responsables de una sangre inocente! Tú eres el Señor que obras como quieres.»
Levantaron, pues, a Jonás y lo arrojaron al mar; y el mar calmó su cólera. Y temieron mucho al Señor aquellos hombres. Ofrecieron un sacrificio al Señor y le hicieron votos. El Señor envió un gran pez a que se comiera a Jonás, y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches seguidas. El Señor dio orden al pez, y vomitó a Jonás en tierra firme.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.
Reflexión de la Primera Lectura
Hoy en día muchos de nosotros todavía pensamos que podemos escondernos del amor y de la voluntad de Dios pero, como Jonás, nos engañamos, pues como dice el salmista: «¿A dónde podré huir lejos de tu presencia?» Dios es más presente en nosotros que nosotros mismos, su amor nos envuelve como una mano que protege y que dirige; su voluntad se hace manifiesta en cada momento de nuestra vida. Rechazar el amor de Dios o su voluntad es como dice san Pablo: «Dar coces contra el aguijón». Todos los días, desde que nos levantamos, ya en nuestros primeros pensamientos y nuestras primeras oraciones sentimos la presencia de Dios, lo percibimos cercano en nuestro corazón y en los que nos rodean. Su voluntad se va descubriendo a nosotros en la medida que oramos y que abrimos nuestros oídos interiores a su misteriosa voz, de manera que generalmente ya desde la mañana sabemos cuál es la voluntad de Dios para mí ese día. De manera ordinaria su voluntad está en relación a mi vocación, por lo que el ser buen padre, buen esposo, buen estudiante, buen trabajador, buen hijo, es realizar su amorosa voluntad. No busquemos huir del amor de Dios y hagamos con gran alegría su voluntad.
Salmo Jonás 2, 3-5. 8
R/. Sacaste mi vida de la fosa, Señor.
En mi aflicción clamé al Señor
y me atendió;
desde el vientre del abismo pedí auxilio,
y escuchó mi clamor. R/.
Me arrojaste a lo profundo en alta mar,
me rodeaban las olas,
tus corrientes y tu oleaje
pasaban sobre mí. R/.
Yo dije: «Me has arrojado de tu presencia;
quién pudiera ver de nuevo tu santo templo.» R/.
Cuando se me acababan las fuerzas
me acordé del Señor;
llegó hasta ti mi oración,
hasta tu santo templo. R/.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37.
En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» El doctor de la ley contestó: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Has contestado bien; si haces eso, vivirás».El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús le dijo: «Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?» El doctor de la ley le respondió: «El que tuvo compasión de él». Entonces Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
Palabra de El Señor.
Gloria y Honor a Ti, Señor Jesús.
Reflexión del Evangelio
Este pasaje del buen samaritano es uno de los más conocidos: aquel pobre viajero que fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasaron tres personas a su lado y solo una se paró; pasó un sacerdote y pasó de largo; pasó un Levita y pasó de largo. Se paró un samaritano, y él lo curó, limpió sus heridas y lo llevó a una posada y pagó por adelantado su estancia.
En aquel tiempo, los samaritanos eran los rechazados, los mal vistos, los relegados de la sociedad, pero él fue el que tuvo compasión. ¿Cuántas veces nosotros también somos quizá igual que el sacerdote, igual que el Levita, igual que el fariseo?, pues pasamos de largo. Vemos a un herido por el camino, herido por su vanidad, por su orgullo y pasamos de largo; ¡allá él!
Cuántas veces vemos a compañeros de trabajo, miembros de nuestras familias o simplemente alguien que conocemos herido por los golpes de la vida, herido por el materialismo, por la superficialidad; lo vemos, pero pasamos de largo, no es mi problema.
O quizá somos nosotros mismos quienes estamos a la orilla del camino, heridos, con llagas, cansados del camino, mal heridos, con la diferencia que en nuestra vida siempre hay un buen samaritano, que se para a curar mis heridas y a sanar mi corazón, pagando por adelantado la posada para la recuperación. Todos, hermanos y hermanas, todos tenemos a Jesús, el buen samaritano que nos recoge en el camino, que se para, se preocupa por nosotros, nos cura nuestras heridas.
Imitémoslo, salgamos hoy a encontrar al herido del camino que necesita de mi buen samaritano, necesita de mí y necesita de Jesús. No pasemos de largo. Y si por alguna razón somos nosotros los que estamos heridos en el camino, dejémonos tocar por el buen samaritano, por Jesucristo nuestro Señor.
Hoy, les invito a no pasar de largo, a hacer un alto en el camino para encontrarme con quien tengo a mi lado.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por: Paola Treviño, consagrada del Regnum Christi. En colaboración con Evangelización Activa.
Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón, como María, todo por Jesús y para Jesús.
Bendiciones para ti y toda tu familia.
Que tengas un excelente día con Jesús, José y María.

Conozcamos al santo de hoy, San Bruno de Colonia, con el P. José de Jesús Aguilar Valdés desde México.
Ayudemos a la Santa Madre Iglesia Católica en sus necesidades.
Agradecimiento del P. Roberto Rodríguez, Rector del Seminario Mayor de Guayaquil «Francisco Xavier de Garaycoa»
¡Gracias de corazón!
A todos los que participaron del bingo y pusieron su granito de arena en esta hermosa obra del seminario, queremos expresarles nuestro más sincero agradecimiento.
Gracias por su tiempo, su entusiasmo y, sobre todo, por su generosidad. Cada aporte, cada gesto y cada colaboración fue fundamental para que esta iniciativa fuera posible.
Que Dios, en su infinita bondad, les multiplique abundantemente todo lo que han dado con tanto amor.
¡Dios los bendiga siempre!
Un abrazo.
Padre Roberto
