Imagen de una nueva telenovela con un título blasfemo pretende confundir al público, presentando como “amor” lo que en realidad son pecados de la carne y pasiones desordenadas que se promociona en televisión abierta en Ecuador.
Cuidado con el título blasfemo: el amor no se mancha
En estos tiempos donde todo parece confundirse y llamarse “amor”, se nos presenta una nueva telenovela con un título blasfemo, que pretende usurpar y deformar lo más sagrado: el nombre de Dios y su amor. Recordemos que el amor verdadero es de Dios, porque Dios es amor (1 Juan 4,8). Él es la fuente pura, santa y eterna del amor. Pero lo que muchas de estas producciones muestran no es amor: es pasión desordenada, es pecado de la carne disfrazado de ternura, es desenfreno justificado con sentimentalismo barato. No dejemos que lo inmundo se vista de santo.
Estas telenovelas, como tantas otras, no son entretenimiento inocente. Son trampas cuidadosamente maquilladas para hacer que lo impuro parezca normal, que lo que desagrada a Dios se vuelva costumbre. Católicos y católicas coherentes con su fe: no vean esto. No alimentemos con nuestra atención a quienes se burlan del Evangelio. No seamos cómplices de quienes usan la sensualidad como moneda para ganar audiencia.
Gracias a Dios, hoy contamos con plataformas como YouTube, Formed, y muchas otras donde podemos encontrar películas cristianas y católicas, documentales, biografías de santos, predicaciones, y contenidos que edifican el alma. Nos falta tiempo para tanta belleza que hay por descubrir y aprender en la fe católica. No desperdiciemos nuestra mirada ni nuestro tiempo en pantallas que solo buscan destruir lo que Dios quiere construir en nosotros.
“No amen al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2,15).
Dejemos de dar de comer a estos buitres que se sirven de la blasfemia contra Dios. Mejor alimentemos nuestro corazón con la verdad, con la luz y con el amor auténtico que solo se encuentra en Cristo.
Reportaje Especial | La verdad que no se cuenta
Redacción de Informa-Te Ve LATAM
Desde hace décadas, las telenovelas se han instalado en la rutina de millones de hogares hispanos. Con apariencia de simples historias románticas o dramas cotidianos, este formato televisivo ha evolucionado –o más bien degenerado– en verdaderos instrumentos de descomposición moral. Lo que antes eran conflictos familiares y pasiones intensas, hoy se ha transformado en la “normalización” de pecados graves: adulterio, pornografía, narcotráfico, ideología de género, violencia doméstica, promiscuidad adolescente y hasta burla abierta de la fe cristiana. Todo, maquillado de “realismo” y “diversidad”.

Portadas de telenovelas cuyo contenido es diabólico porque presentan adulterio, venganza, odio, rebelión de jóvenes contra los padres y autoridades, sexualidad fuera del matrimonio, etc.
Estas telenovelas, producidas por cadenas con fines puramente comerciales, se promocionan como reflejos de la vida real. Sin embargo, no son un reflejo, sino una distorsión que presenta el pecado como entretenimiento y la inmoralidad como algo deseable o al menos aceptable. Lo más grave: esta programación entra directamente a nuestros hogares, muchas veces sin filtro, a plena luz del día, con nuestros hijos como espectadores silenciosos.
“Hay camino que al hombre le parece recto, pero acaba por ser camino de muerte” (Proverbios 14,12).
La rutina no justifica la exposición al pecado
Muchos justifican el consumo de telenovelas como una manera de “salir del estrés”, en especial amas de casa agobiadas por la rutina diaria. Pero la realidad es otra: este tipo de distracción es un veneno suave, que entra por los ojos y se clava en el alma. La exposición diaria a estas historias termina reprogramando la conciencia, deformando los valores y haciendo aceptable lo inaceptable. El corazón se endurece al pecado, y la mente se adormece ante lo que es moralmente repulsivo.
“No participen en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien denúncienlas” (Efesios 5,11).
Los niños están siendo formados… para el mundo o para Dios
Cuando los hijos crecen viendo que sus padres se ríen con el pecado, lloran por un personaje adúltero o celebran una boda homosexual en una serie, ¿qué valores están recibiendo? Los niños no distinguen aún entre realidad y ficción. Sus mentes están en formación, y lo que ven y oyen, lo van imitando. Si los adultos —que ya tienen formación— se confunden, ¿cuánto más los pequeños? ¿Estamos criando almas para Dios o consumidores para el mundo?
“El que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar” (Marcos 9,42).
Además, es evidente cómo muchas telenovelas buscan distorsionar profundamente la verdad moral, presentando el adulterio como algo comprensible e incluso “bueno”, cuando lo justifican diciendo que uno de los cónyuges “no lo amaba”, “lo trataba mal” o “era una persona tóxica”. Así, la infidelidad se romantiza y se aplaude, mientras se desacredita el compromiso sagrado del matrimonio. En otras tramas, se victimiza al hombre que supuestamente “descubre” que ama a otro hombre, pintándolo como un pobre incomprendido oprimido por una sociedad “cerrada”, cuando en realidad lo que se está promoviendo es una clara negación del orden natural y del plan de Dios. Esta narrativa sutil, pero constante, va sembrando en los corazones una confusión peligrosa, especialmente en los más jóvenes, que aún no han formado su criterio moral. Como católicos, no podemos quedarnos callados mientras el pecado se vuelve entretenimiento y la virtud es ridiculizada.
“¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que convierten la oscuridad en luz y la luz en oscuridad!” (Isaías 5,20)
La misión de los padres católicos: formar en la verdad
Desde el momento en que un padre y una madre llevan a su hijo al bautismo, se comprometen solemnemente ante Dios y la Iglesia a educarlo en la fe. Entre esas promesas se dice:
“¿Están dispuestos a educar a su hijo según la fe, para que guardando los mandamientos, ame a Dios y al prójimo como Cristo nos enseñó?”
Y los padres responden: “Sí, estamos dispuestos.”
¿Pero qué clase de educación cristiana reciben los hijos si en lugar de catequesis, se alimentan de novelas donde el pecado es espectáculo? ¿Dónde están los límites? ¿Dónde está el testimonio cristiano?
“Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará” (Proverbios 22,6).
Un llamado a actuar: cambiar la rutina, no la fe
Es momento de que los hogares católicos despierten. No se trata solo de apagar la televisión o cambiar el canal: se trata de una conversión familiar. De volver a orar en familia, de leer juntos la Palabra de Dios, de formar la conciencia cristiana con materiales apropiados, de recuperar el tiempo perdido con distracciones vacías y llenarlo con momentos que edifiquen el alma.
Porque no hay excusa válida ante Dios para permitir que nuestros hijos se deformen por omisión o comodidad. No todo lo que entretiene es bueno. No todo lo que distrae es inocente. Y no todo lo que “parece normal” ante el mundo es aceptable ante Dios.
“No se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de su mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto” (Romanos 12,2).
Despierta, Iglesia. No apagues la fe con la pantalla.
A continuación compartimos una publicación de Intimidad con Dios=Santidad en su perfil de facebook:

«LA ROSA DE GUADALUPE ES UN PROGRAMA TOTALMENTE ANTICATÓLICO Y UNA BLASFEMIA CONTRA EL AMOR DE DIOS Y LA SANTÍSIMA VIRGEN.
