Therians, el declive moral y crisis de la familia: una denuncia firme desde la ley y la fe cristiana

Por: Ivonne Espinosa de Chóez – Periodista Profesional.

Directora de Theios Parrhesía, Evolución de Informa-Te Ve LATAM.

 

No estamos ante una anécdota de internet ni ante una simple tendencia juvenil. El fenómeno de los llamados therians —personas que afirman identificarse espiritual o psicológicamente con animales— debe analizarse como parte de una crisis cultural, moral y cristiana mucho más profunda. No es un hecho aislado: es un síntoma de una enfermedad mental y social. Y todo síntoma obliga a mirar la enfermedad de fondo.

La pregunta no es si alguien puede “sentirse” de determinada manera. La pregunta es qué tipo de sociedad está formando a sus niños y adolescentes para que algunos lleguen a cuestionar su propia identidad humana. ¿Qué ha ocurrido en la familia? ¿Qué papel han jugado el Estado, la industria cultural y la debilitada formación moral y cristiana?

La desvalorización de la maternidad y la paternidad

 

Durante décadas se ha instalado una narrativa que presenta la maternidad y la paternidad como cargas que limitan la libertad individual. Tener hijos es descrito como obstáculo económico, freno profesional y riesgo financiero. La precariedad económica —irreal en muchos contextos— se ha convertido en argumento recurrente para justificar la negativa a formar familia.

Sin embargo, es legítimo cuestionar si la economía es siempre la causa principal o si se ha transformado en un pretexto culturalmente aceptado. Generaciones anteriores, en condiciones materiales mucho más difíciles, formaron familias numerosas con sacrificio y responsabilidad. Hoy, en medio de mayores comodidades tecnológicas y estándares de vida superiores, se afirma que no es posible sostener un hijo.

En el fondo, más allá de las dificultades económicas o de las presiones culturales, hay una causa que no puede omitirse: el egoísmo elevado a principio de vida. Cuando la comodidad personal, el disfrute inmediato y la ausencia de sacrificio se convierten en criterios supremos, la apertura a la vida se percibe como amenaza y no como don. Así, algunas parejas optan por no tener hijos para no alterar su estilo de vida, sustituyen la vocación paterna y materna por la tenencia de mascotas que no exigen la misma entrega permanente, y cuando llegan a tener hijos, los descuidan o incluso los maltratan porque representan una responsabilidad que no estaban dispuestos a asumir con madurez. El egoísmo no solo evita la vida; también deteriora el amor auténtico, que por naturaleza implica entrega, paciencia y renuncia. Una sociedad que normaliza este individualismo termina debilitando la familia desde su raíz.

El Estado, lejos de ser neutral, ha desempeñado un papel activo. En numerosos países, políticas públicas han promovido el control de natalidad, la anticoncepción masiva y el aborto como solución social. Cuando la eliminación del concebido se presenta como derecho y la maternidad como opción descartable, el mensaje cultural es claro: la vida humana es negociable.

Desde la fe cristiana, esta lógica es inaceptable. La vida humana es sagrada desde la concepción. No depende de la voluntad del más fuerte ni de la conveniencia económica. Cuando una sociedad normaliza la supresión del más indefenso, socava su propio fundamento moral.

Mascotas antes que hijos: un desorden de prioridades

 

El amor y el cuidado hacia los animales son legítimos. Son criaturas de Dios y merecen respeto. El problema surge cuando se altera el orden natural de responsabilidades y afectos.

Hoy es frecuente observar adultos que postergan indefinidamente la decisión de tener hijos mientras centran su vida emocional y económica en mascotas. Se compran accesorios, ropa y servicios especializados para perros y gatos; se organizan viajes adaptados a ellos; se destinan recursos significativos a su bienestar. Nada de esto sería cuestionable si no coexistiera con un fenómeno paralelo: hijos que pasan horas sin supervisión, criados por pantallas, acompañados más por algoritmos que por sus propios padres.

Las escenas son reveladoras: padres que cruzan la calle cargando a sus perros mientras los hijos pequeños lo hacen solos; menores que deambulan en plazas o centros comerciales sin atención adulta; adolescentes que reciben como sustituto educativo un teléfono con acceso ilimitado a redes sociales.

La ley civil establece que los padres tienen la obligación de proteger y educar integralmente a sus hijos. No es una recomendación opcional. Cuando esta responsabilidad se descuida, no solo se incurre en una falta moral, sino en una omisión grave que deja a los menores expuestos a influencias que pueden marcar su identidad de forma irreversible.

 

Redes sociales y confusión identitaria

 

En ese vacío formativo proliferan comunidades digitales que refuerzan narrativas identitarias desvinculadas de una antropología clara. El fenómeno therian encuentra allí terreno fértil. Jóvenes en búsqueda de pertenencia encuentran validación inmediata a percepciones que, sin guía crítica ni acompañamiento sólido, pueden consolidarse como identidad permanente.

La cuestión de fondo es antropológica. Los cristianos creemos firmemente que el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, tal como dice la Santa Biblia y el Catecismo de la Iglesia Católica. Posee una naturaleza objetiva y una dignidad intrínseca que no depende de estados emocionales ni de tendencias culturales. Cuando esta base se diluye, todo se vuelve relativo: el cuerpo, la sexualidad, la identidad y la vida misma.

Una libertad desvinculada de la verdad termina generando confusión. La auténtica libertad no consiste en afirmar cualquier autopercepción, sino en orientarse hacia el bien conforme a la realidad.

La banalización de lo espiritual y la responsabilidad empresarial

 

La crisis cultural no se limita al ámbito familiar. También involucra a la industria del entretenimiento. Empresas como Hasbro han comercializado la ouija como un simple juego de mesa. Para la tradición cristiana, estas prácticas no son espiritualmente neutras. Más allá de la valoración religiosa, la pregunta es legítima: ¿todo lo que genera beneficio económico debe ponerse en manos de niños?

Una sociedad que afirma proteger la infancia no puede trivializar influencias potencialmente dañinas mientras prioriza el lucro sobre la formación.

El abandono formativo y la urgencia de coherencia

 

No basta con señalar a la cultura externa. También es necesario examinar la formación cristiana. ¿Se prepara con profundidad a los futuros esposos para asumir la responsabilidad del matrimonio y la apertura a la vida? ¿Se insiste en la obligación moral y jurídica de educar a los hijos en la fe y en valores sólidos? ¿Se acompaña realmente a las familias que enfrentan dificultades económicas para que no sientan que la única salida es renunciar a la vida?

Resulta igualmente grave la influencia constante de muchos programas de televisión y contenidos mediáticos saturados de promiscuidad, desnudos, banalización de la sexualidad, exaltación del consumismo y normalización del adulterio. A esto se suman espacios radiales cargados de doble sentido y géneros musicales como el reguetón —cuando promueve letras explícitas— que reducen la dignidad humana a objeto de deseo, celebran la borrachera, el egoísmo y las relaciones sin compromiso. Cuando estos mensajes se repiten diariamente, especialmente ante niños y adolescentes, no son entretenimiento inocente: son formadores silenciosos de conciencia. La repetición constante termina moldeando criterios, debilitando el pudor y trivializando conductas que afectan gravemente la estabilidad familiar y el respeto mutuo.

La crisis no se resolverá con permisividad ni con silencio. Tampoco con agresividad. Se resolverá con claridad, coherencia y formación profunda.

El Evangelio advierte con severidad sobre el escándalo a los pequeños. No es una metáfora suave: es un llamado directo a la responsabilidad. Desorientar a quienes están en formación es una falta grave.

Una encrucijada histórica

 

El fenómeno therian no es la causa de la crisis, sino un síntoma visible de una sociedad que ha debilitado sus fundamentos. Cuando la vida se vuelve negociable, la identidad se vuelve fluida y la familia pierde centralidad, el resultado es una generación vulnerable a cualquier narrativa que prometa pertenencia.

La pregunta es directa: ¿queremos una sociedad que recupere el valor de la vida, la responsabilidad parental y la claridad sobre la identidad humana, o una que continúe justificando su declive demográfico y su confusión antropológica apelando únicamente a la economía y a una libertad sin referencia a la verdad?

La firmeza no es intolerancia. Es responsabilidad moral. Y la caridad auténtica no consiste en callar o ser alcahuete o cómplice ante la confusión, sino en proponer con valentía una visión del ser humano que respete su dignidad, su naturaleza, su vocación trascendente y el ser hijo de Dios y ser cristiano.

 

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