Imagen de borrachos en Salinas, provincia de Santa Elena, tomado del fanpage Parcerito.
En Ecuador, cualquier fiesta sea religiosa o no, es pretexto para el desenfreno, la lujuria y la borrachera.
Un análisis histórico, legal y moral desde la doctrina cristiana
Por: Ivonne Espinosa de Chóez – Periodista Profesional
Directora de Theios Parrhesía – Evolución de Informa-Te Ve LATAM
Mientras la Iglesia se prepara para iniciar la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza, tiempo sagrado de penitencia, conversión y recogimiento espiritual, la sociedad ha sido arrastrada por una celebración que, lejos de elevar al ser humano, con frecuencia lo degrada: el Carnaval.
En este reportaje realizaremos un análisis formal, documentado y fundamentado en la fe cristiana y en el marco legal vigente. Porque cuando una festividad mal llamada tradición se convierte en escenario de inmoralidad, escándalo público, despilfarro de recursos y vulneración de derechos, ya no es solo una festividad pagana ajena a tradición: es un problema social.
1. Orígenes paganos y ruptura con la espiritualidad cristiana
El Carnaval no nació dentro del cristianismo. Históricamente, sus raíces se encuentran en celebraciones paganas asociadas a cultos de fertilidad y excesos rituales de la antigüedad. Con el tiempo, la costumbre se colocó inmediatamente antes de la Cuaresma, como una especie de “despedida de los placeres” antes del tiempo penitencial.
Sin embargo, lo que en teoría debía ser simplemente un día previo al ayuno se transformó en una cultura del desenfreno.
La Cuaresma llama al sacrificio y al dominio propio. El Carnaval promueve lo contrario: descontrol, sensualidad desbordada, alcoholismo y trivialización del cuerpo humano.
La Escritura es clara:
“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no me dejaré dominar por nada.”
(1 Corintios 6, 12)
El problema no es la alegría. El problema es el desorden moral que se institucionaliza.
2. La degradación humana en nombre de la “diversión”
En muchos países del mundo, como Brasil —especialmente en Río de Janeiro— el Carnaval es conocido por sus desfiles altamente sexualizados, donde el cuerpo se exhibe como objeto de consumo visual.
Pero no es necesario mirar al extranjero. En Ecuador, durante los recientes días de Carnaval, se han observado situaciones alarmantes:
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Tarimas con altoparlantes a volúmenes extremos que perturban la paz ciudadana.
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Consumo masivo de alcohol en espacios públicos.
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Espectáculos con bailes explícitos.
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Mujeres y jóvenes reducidas a objetos visuales en escenarios públicos.
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Presencia de niños y niñas expuestos a ambientes claramente inadecuados.
No se puede llamar “cultura” a lo que degrada la dignidad humana.
La Biblia advierte:
“Las obras de la carne son: fornicación, impureza, libertinaje, borracheras, orgías y cosas semejantes. Sobre esto os advierto… que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios.”
(Gálatas 5, 19-21)
El mensaje es claro: la cultura del exceso no es compatible con la vida cristiana.
3. Violaciones legales y afectación al bien común en Ecuador
Más allá de la dimensión moral, existen implicaciones legales graves.
Derecho a la tranquilidad y al ambiente sano
La Constitución de la República del Ecuador establece:
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Art. 66 numeral 27: Derecho a vivir en un ambiente sano.
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Art. 66 numeral 3: Derecho a la integridad personal.
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Art. 44: Protección prioritaria a niños, niñas y adolescentes.
El uso indiscriminado de tarimas con altoparlantes a niveles que afectan el descanso y la salud auditiva constituye una vulneración del derecho a la tranquilidad.
El descanso no es un privilegio; es un derecho constitucional.
Prioridades presupuestarias cuestionables
En diversos cantones de la Sierra ecuatoriana, donde aún existen comunidades sin agua potable adecuada, sin alcantarillado eficiente y con calles deterioradas, se han destinado recursos municipales para conciertos, artistas y espectáculos de Carnaval.
El artículo 238 de la Constitución y la normativa sobre administración pública obligan a los gobiernos autónomos descentralizados a priorizar el interés general y las necesidades básicas.
Cuando falta agua, pero sobran escenarios; cuando faltan obras, pero abundan fiestas; cuando hay pobreza estructural y se financia el desenfreno, se está ante una distorsión ética y administrativa.
El gasto público debe servir al desarrollo, no al espectáculo.
4. Protección de la niñez: una línea roja moral y legal
Uno de los aspectos más graves es la exposición de menores a ambientes sexualizados y de consumo de alcohol.
La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por Ecuador, y el Código de la Niñez y Adolescencia establecen que el Estado y la sociedad deben garantizar un entorno seguro, libre de violencia y explotación.
Permitir o promover espectáculos con alto contenido sexual en espacios donde hay menores constituye una irresponsabilidad social.
Jesús fue categórico:
“Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar.”
(Mateo 18, 6)
No es una frase simbólica: es una advertencia moral severa.
5. Carnaval y cultura del alcohol
Las borracheras masivas no son anécdotas folklóricas; son problemas de salud pública.
El abuso de alcohol genera:
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Violencia intrafamiliar
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Accidentes de tránsito
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Agresiones
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Embarazos adolescentes
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Hospitalizaciones evitables
Proverbios 20, 1 enseña:
“El vino es burlón, la bebida fuerte alborotadora; cualquiera que por ellos yerra no es sabio.”
Promover el consumo excesivo como parte central de una festividad no es progreso cultural; es retroceso social.
6. Una postura clara desde la fe católica
La burla más grande inventada: El niño carnavalero es una degradación y una burla a la fe católica, supuestamente es una venerada figura religiosa (Niño Jesús) central en las festividades del carnaval en Ecuador, particularmente en la provincia de Chimborazo y con gran tradición en el sur de Guayaquil desde 1992. Representa la fusión entre la devoción católica y la celebración andina, caracterizado por desfiles con danzantes, «diablos», música y comida, marcando el cierre de los pases del niño.
La Iglesia no está contra la alegría. Está contra el pecado que destruye al ser humano.
La Cuaresma nos llama a:
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Conversión
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Penitencia
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Sobriedad
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Solidaridad
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Justicia
El Carnaval, en su expresión actual en muchos lugares, promueve lo contrario:
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Desenfreno
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Sensualización pública
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Despilfarro
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Irresponsabilidad social
No es una cuestión de puritanismo. Es una cuestión de dignidad.
El ser humano no fue creado para rebajarse al nivel del instinto sin control, sino para vivir en libertad responsable.
7. Coherencia pastoral y responsabilidad del liderazgo eclesial
En medio de estas celebraciones, ha generado inquietud en sectores católicos la participación pública del Obispo de la Diócesis de Ambato en eventos vinculados al Carnaval, donde se le observó compartiendo escenario o espacios protocolares junto a representantes de certámenes de belleza como Miss Universo México, quien finge ser buena cristiana y no lo es.
Más allá de interpretaciones personales, lo que preocupa a muchos fieles es el mensaje simbólico que puede transmitirse cuando una autoridad eclesial aparece asociada a escenarios festivos que, en su conjunto, han sido cuestionados por excesos, ostentación y banalización del cuerpo humano.
La doctrina católica es clara respecto a la virtud de la modestia y la humildad:
“Revestíos de humildad en vuestro trato mutuo”
(1 Pedro 5, 5)
“Nada hagáis por rivalidad o por vanagloria; antes bien, con humildad”
(Filipenses 2, 3)
La preocupación no gira en torno a la persona concreta, sino al principio de coherencia pastoral. Los obispos, como sucesores de los apóstoles, están llamados a ser:
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Testimonio de sobriedad.
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Referencia moral clara.
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Guías que orienten hacia la conversión.
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Signos visibles de desapego frente a la cultura del espectáculo.
El Código de Derecho Canónico establece en el canon 387 que el obispo debe “mostrar con su ejemplo santidad en la caridad, humildad y sencillez de vida”.
Cuando el contexto social denuncia excesos, sensualización pública, despilfarro y desorden moral durante el Carnaval, cualquier gesto que pueda interpretarse como respaldo simbólico a esa cultura genera legítima inquietud entre los fieles.
8. Llamado respetuoso a clarificación y rectificación pastoral
Desde una postura de respeto a la autoridad eclesial, pero también desde la responsabilidad laical, es legítimo pedir:
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Una aclaración pública sobre el sentido de dicha participación.
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Una reafirmación clara de la enseñanza moral de la Iglesia respecto a la sobriedad y la dignidad humana.
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Un gesto pastoral que evite escándalo o confusión entre los fieles.
El Evangelio es exigente con quienes tienen mayor responsabilidad:
“A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá.”
(Lucas 12, 48)
No se trata de condenar personas, sino de exigir coherencia. No se trata de atacar a la Iglesia, sino de defender su credibilidad moral.
En tiempos donde la sociedad ecuatoriana enfrenta pobreza, falta de servicios básicos, crisis moral y desorientación cultural, el pueblo creyente necesita pastores que marquen distancia clara frente al desenfreno, no que puedan ser percibidos como partícipes del mismo.
Conclusión: Un llamado católico firme a la reflexión nacional
Si el Carnaval, en su expresión actual, ya plantea tensiones éticas profundas por sus excesos, más aún debe cuidarse la Iglesia de no enviar señales ambiguas.
El momento exige:
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Testimonio.
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Prudencia.
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Claridad doctrinal.
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Valentía pastoral.
Y si algún gesto ha causado confusión o escándalo entre los fieles, la caridad cristiana también incluye la humildad de aclarar y, si corresponde, rectificar.
Porque la autoridad en la Iglesia no es privilegio social; es servicio moral.
Es momento de preguntarnos:
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¿Qué modelo de sociedad queremos?
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¿Una que invierte en espectáculos mientras faltan servicios básicos?
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¿Una que expone a sus niños a ambientes inmorales?
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¿Una que normaliza la borrachera colectiva como identidad cultural?
- ¿Queremos representantes de la Iglesia Católica promoviendo el libertinaje, la vanidad y el mal ejemplo o evangelizando como Nuestro Señor Jesucristo lo mandó?
O una sociedad que promueva:
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Respeto
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Sobriedad
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Inversión responsable
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Protección de la niñez
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Coherencia moral
Desde una visión cristiana católica clara y sin ambigüedades, el Carnaval, tal como se celebra hoy en múltiples lugares, no edifica; degrada.
Y toda práctica que degrade la dignidad humana, vulnere derechos y contradiga el Evangelio debe ser denunciada con firmeza.
Porque la verdadera libertad no es hacer todo lo que apetece, sino elegir lo que eleva al ser humano.
Ver también: Cuaresma: Cuarenta Días de Conversión Frente a la Cultura del Desenfreno
Ver también: “Año Nuevo en Ecuador: vulgaridad, promiscuidad, depravación, borrachera y negligencia policial”
